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En mi opinión, lo tradicional siempre se impondrá a lo nuevo en el ballet
Por Luis Felipe Marsáns
En la música, como en el ballet y la ópera --al igual que en la literatura y otros tipos de manifestaciones en que interviene la creatividad artística de los individuos--, lo nuevo, en materia de composición, partituras inusuales y aportaciones nunca antes vistas, sirven para enriquecer los diferentes repertorios y el concepto de lo visual, cuando se trata de pintura o la arquitectura. Pero no siempre es así.
Aparte de haber sido un clasicista durante toda mi vida en lo que al arte –y particularmente, la música—se refiere, a través de los años, el estudio y la intensidad que han ido cobrando los diferentes aspectos de la vida en el último siglo, he aprendido a valorar y hasta a amar manifestaciones modernas (hoy en día no son tan modernas ya, por cierto), pero siempre teniendo como preferidas a aquellas que del siglo XIX hacia atrás, han conmovido mi sensibilidad artística, por sus profundos valores conceptuales y las formas en que ellos fueron desarrollados en su momento.
Y el ballet, por supuesto, no ha quedado fuera de este fenómeno. Así lo comprobé no hace mucho disfrutando de una producción de “Coppelia”, con música de Leo Delibes –revisada y montada la coreografía por una excelente primera bailarina de nuestros días--, en el Teatro Jackie Gleason, de Miami Beach, y bailada por el enco del “Miami City Ballet”.
La obra --especialmente atractiva para audiencias infantiles y de jóvenes, por girar alrededor del tema de una muñeca que, supuestamente, se convierte en bailarina--, no sólo es muy bella, como lo fue en esta ejecución a que me refiero por el trabajo del cuerpo de baile y la perfección histriónica de los solistas y otros integrantes de la citada compañía; sino además, por la calidad de su partitura, que aún siendo ligera, complace felizmente todas las expectativas con sus melodías y pasajes dramáticos.
“Coppelia”, pues –al igual que “El lago de los Cisnes”, “La bella durmiente del bosque”, “Cascanueces” y “Giselle”, entre otras--, seguirán siendo lo más representativo y delicioso del ballet en puntas, por su música, coreografía y, sobre todo, carácter temático, sin tener que someterse a horas de bailes a veces incoherentes, que no responden a una historia, a veces tan acrobáticos, que cuesta trabajo aceptar que entre en el contexto de lo que hemos conocido por ballet clásico.
Finalmente, en su montaje y ejecución de este ejemplo, el “Miami City Ballet”, hizo posible una noche esplendorosa que satisfizo a la audiencia, a despecho de otras producciones en las que los caprichosos movimientos y la falta de orientación sobre lo que uno está viendo, han hecho largas y tediosas las intervenciones de los bailarines; hecho, pues, que debe servir de pauta para el futuro de todas las compañías que se desenvuelven en Miami, o que puedan surgir en el futuro, para revivir el espíritu de un arte tan refinado.

ILUSTRACION TOMADA DE UNO DE LOS MUCHOS BALLETS CLASICOS
RECORDÁNDO ALGUNAS PÁGINAS MUSICALES DEL MIAMI DE OTRA EPOCA
Un ballet netamente cubano: Cecilia valdes, con música de roig
Por Luis Felipe Marsáns
Cecilia Valdés, el ballet estrenado en el el Dade County Auditorium, de Miami, con una coreografïa original de Rosario "Charín" Suárez sobre la música de la zarzuela del mismo nombre, escrita por Gonzalo Roig --y presentada en un formidable arreglo sinfónico del maestro José Ramón Urbay--, tuvo muchos momentos luminosos; pero, tal vez, lo más trascendental de todo fue que adentró en al arte del ballet en puntas (como algunos suelen decir), una obra auténticamente cubana, como hay pocas.
Siempre hemos visto con orgullo la aportación hecha por los bailarines y coreógrafos cubanos a este tipo de manifestación --lo mismo en el repertorio del siglo XIX, que en el neoclasicismo, el de la danza moderna, o en el de la estampa de carácter folklórico--, pero en el ámbito de las creaciones enteramente dedicadas a la literatura cubana llevada al baile, es poco lo que puede decirse.
En este caso "Charín", como coreógrafa y, más que nada, como primera bailarina, ha podido revivir la trama de una historia costumbrista de la Cuba colonial, perteneciente al escritor Cirilo Villaverde, de una manera original y fina, partiendo de la partitura de Gonzalo Roig, que sirve de base a la zarzuela por la que todos la conocen.
Rosario Suárez, como bailarina de primer orden, estuvo estupenda en su propia producción del ballet, ejecutando sus partes con virtuosismo y donaire, lo mismo en el desarrollo técnico que le dio a la obra --para ella y para los demás bailarines--, que en la singular gracia, sensualidad y elegancia que ella le imprimió a los momentos cumbres de la trama, como, por ejemplo, la "Salida de Cecilia" y su dueto con Leonardo, personificado por Ernesto Quenedit, según rezaba en el programa impreso.
Sin embargo, su trabajo conceptual respetó los elementos folklóricos que han hecho famosa a la zarzuela, como el "sandungueo" de Dolores Santacruz, y las danzas afrocubanas, de las que fue impresionante la que abrió el segundo acto, en un despliegue escenográfico. En la participación de Dolores Santa Cruz, a cargo de Maité Portela, la coreógrafa de "Charín" se valió de elementos técnicos del baile que representaban fielmente su carácter.
Y en el final, los momentos más trágicos fueron manejados por "Charín" de forma económica, logrando que la muerte de Leonardo a manos de Pimienta --el esclavo enamorado de Cecilia, que interpretó Ariel Cisneros-- se produjera sin dilaciones, mientras que ella, en su role, ponía broche de oro a la trama, creando una especie de pirámide humana, que se alzaba ayudada por un grupo de los miembros del cuerpo de baile, que la empinaban durante su plegaria al cielo.
Dos de las cosas que más me atrajeron, empero, fueron la manera en que José Ramón Urbay jugó con la partitura concediéndole, como decía anteriormente, un aire más intelectualmente sinfónico; y la forma dúctil en que su hija, la directora Marlene Urbay, la supo conducir al frente de su propia orquesta, Florida Chamber Orchestra con brillante sonoridad en los románticos pasajes de la sección de cuerdas, moderada contención en los instrumentos de viento y grandiosidad expresiva en la percusión, que estuvo a tono con los matices afrocubanos de la obra.
Y no quiero dejar de mencionar un momento muy feliz del arreglo y la interpretación orquestal, cuando Marlene Urbay alzó su batuta para dirigir la Contradanza una de las piezas más representativas de la música cubana de calibre, entonada aquí con la misma elegancia y grandiosidad rítmica que le impusieron los bailarines.
Claro que un ballet no es tan descriptivo como la zarzuela o una ópera, porque se trata de presentar una trama con movimientos y pasos de baile, cuando no por mímicas, pero salvadas esas diferencias y engrandeciendo aún más la obra de Gonzalo Roig, este "Ballet de Cecilia Valdés” deja para la historia del arte escénico cubano una tradición muy alta --gracias al patrocinio de la Escuela de la Universidad de Miami--, que Dios quiera que no se interrumpa nunca.
COMO ACABÓ LA FILARMÓNICA DE LA FLORIDA
La "Orquesta Filarmónica de la Florida" iniciará su temporada de 2002-03 en el Gusman Center for the Performing Arts, del downtown de Miami, el próximo martes, quince de octubre, a las ocho de la noche (escribí entonces), con un programa dirigido por el maestro invitado Christopher Wilkins y el Coro de Mujeres de la Florida. El repertorio incluirá la sinfonía No. 3 de Johannes Brahms y Los Planetas,de Gustav Holts.
Fundada en 1985 mediante la fusión de la otrora Sinfónica de Fort Lauderdale --que dirigiera Emerson Buckey; y de la Sinfónica de Boca Raton, que estuviera bajo la batuta de James Brooks--; la orquesta regional estuvo durante más de diez años bajo la batuta del director británico James Judd, quien la engrandeció y le dio personalidad propia a través de un amplio repertorio, pero hace dos temporadas, sus relaciones fueron separándose por problemas económicos, que obligaron al primero a renunciar a su salario en una ocasión, para salvar la temporada.
Actualmente, la Florida Philharmonic está bajo la dirección interina de Joseph Silverstein, quien condujo algunos conciertos en el último bienio, asistido en el pódium por numerosos directores invitados, procedentes de Estados Unidos y Latinoamérica.
Lamentablemente, no tardó mucho en llegar la crisis financiera final de la Florida Philharmonic, que la llevó a una bancarrota sin arreglos ni soluciones, dejando solamente atrás la tristeza de una subasta para obtener algunos fondos para pagar a sus acreedores; de la que fueron testigos los instrumentos grandes que pertenecen al equipo de cualquier ensamble --como el bombo-- los que ese día, en lugar de sonar, fueron desfilando uno a uno, llevados por manos extrañas, calladamente.
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