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ARTE, MUSICA Y CULTURA

Lo que me dijo la Blanquita Amaro que conocí hace cincuenta años en La Habana
Una entrevista de Luis Felipe Marsáns
“Yo no tengo nada más que treinta y cuatro años”. Nos dijo entre risas Blanquita Amaro, en aquella ocasión. “La gente comenta que hace mucho tiempo que oye hablar de mí, pero no conocen que debuté en el teatro con sólo once años”, aclaraba esta diva recien fallecida en Miami, durante una entrevista que le hice en 1958, en La Habana, y que fue publicada en la Revista Indice.
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El
tema, considerado a veces como una superficialidad, siempre es curioso e interesantemente periodístico cuando se habla con una artista de renombre, conocida por el público como la gran estrella de las que todos quieren saber los años que cuenta, a propósito de sus grandes
triunfos.
“Recuerdo que tenía que rellenarme con toallas para aparentar más cuerpo, y cuando abandonaba las tablas, el público me preguntaba por mi hermana –la artista--, sin imaginarse que éramos la misma persona”, añadía entonces Blanca en su explicación.
En la continuación de la charla, derivada de un cuestionario que había preparado teniendo en cuenta el interés del público de aquellos días, dentro de los parámetros del periodismo de una revista, más artística que de otra cosa; y redactaba teniendo en cuenta las normas profesionales de la época, le pregunté seguidamente: Entonces era usted una verdadera engañadora?, a propósito del tema de Enrique Jorrín con la Orquesta América, a lo que la artista respondió sonriendo, ante mi tono jocoso, de los 21 años: “Sí, pero era el único remedio”.
Ahondando luego en las suposiciones del público respecto a cuánto mayor podía ser una vedette a quien todos conocían desde tantos años atrás, Blanquita Amaro respondió convincentemente: “Todos son rumores, y quiero aclararle que si soy abuela, es porque me casé cuando sólo tenía 14 años, naciendo mi hija –que ahora tiene 17 años— un año después de mi matrimonio”.
“ Me sentí feliz y emocionada de que quien recibió a mi hija, fuera también quien lo hiciera con mi nieto: el doctor Yero y su asistenta, Valentina”, subrayó Blanquita. El rostro de la artista se iluminó entonces y su mirada se perdió en el negrísimo cielo de una noche habanera.
Nos encontrábamos en su “Gran Parrillada Blanquita Amaro”, en la carretera de Rancho Boyeros, lugar que fue más que propicio para continuar esta conversación que, como entrevista periodística al fin, sirvió para mostrarle al público lector, las incidencias de una vida artística teatral, llena de gloria desde el principio.
“Yo fui premiada en un concurso del Teatro Payret, donde se encontraba presente el dueño del “Carpa Teatro Yara”, que presentaba la compañía de dramas españoles “Roble-Morens”; y cuando terminó la función, fui llamada por el mencionado empresario, quien me contrató para que empezara a cantar pregones al final de las obras”, dijo.
En la continuación de la entrevista, Blanquita Amaro relató una historia que, no por haber sido usual en el mundo del arte, incluyendo la música clásica, deja de ser sorprendente: “Un día se enfermó la dama joven de la compañía, y salí a escena por ella; y parece que lo consideraron un éxito, porque después seguí protagonizando papeles principales, entre los que recuerdo “La Dama de las Camelias”, “Tierra Baja”, “Juan José” y “Mancha que Limpia”, cuando yo sólo tenía trece años”..
Detalle curioso de esta entrevista --que traje a ésta, mi página Web, cuando Blanquita Amaro falleció hace un año: y revivó otra vez como un nuevo tributo a su memoria--, fue su confesión sobre cómo se las arreglaba para seguir trabajando, aún en estado de gestación, porque “cuando menos me lo imaginaba, Guillermo de Mancha quiso que protagonizara con él Don Juan Tenorio, y como con el hábito no se me notaba la gestación, accedí a representar la clásica Doña Inés; y el único problema fue cuando él tuvo que cargarme ...le costó un trabajo enorme...”
La conversación prosiguió animadamente, en medio del acogedor ambiente de la Parrillada y la encantadora compañía de Blanquita Amaro, cuando ella recordó: “Luego estuve un tiempo sin volver al teatro, hasta que nació mi hija. Idania, como le puse por nombre", que era el fruto amoroso del matrimonio con Orlando Villegas. Irónicamente, tanto el padre, hace muchos años; como la hija, hace menos de diez, murieron antes que ella.
Pero en la continuación de esta enorme carrera de éxitos de Blanquita Amaro, ocurrieron muchas cosas que no recuerdan –o no saben— aquellos que la siguieron más en el exilio de Miami, que en sus giras astronómicas e internacionales, cuando aún vivía en su nativa Cuba, y poco después. En otra parte de esta entrevista de 1958, que publicamos, una vez más, como tributo a su legendaria existencia, ella también dijo:
“He filmado un promedio de veinticinco películas, entre las que recuerdo Estampas Habaneras, con Garrido y Piñeiro –que fue mi retorno a la vida artística y mi inicio en la pantalla fílmica--, y Prófugo, también en el cine cubano; pero luego tomé parte en la filmación, en México, de Escándalo de Estrellas, con Pedro Infante, mi desaparecido gran amigo”, acentuó.
La muerte de Pedro Infante fue un duro golpe para Blanquita Amaro. Por esos días, dijo en esta entrevista, se habían reunido ambos con Omar Vaillant “desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la siguiente madrugada, y él me enseñó las fotos de su última película con María Félix; y después todo quedó dispuesto para que filmáramos en julio, pero el destino no lo quiso así”.
Blanquita Amaro fue una de las artistas cubanas que más recorrió el extranjero, visitando unos 30 países en toda las Américas; así como países de Europa: España, Suiza, Francia, Italia, Portugal y Maruecos. También estuvo de giras en Estados Unidos (antes de vivir en este país), y en Trinidad y Jamaica. Y en Argentina llegó a ser un ídolo casi
nacional.
Entre las películas que filmó Blanquita Amaro en aquella primera época de oro, también estuvieron “Hotel de Verano”, “Bésame Mucho”, “Novia del Mar”, “Una cubana en España”, “Mi viudo y yo”, (en Buenos Aires), “La Diosa de la Ronda”, “Casada y Señorita”, “A la Habana me voy”, “Rincón Criollo” y “La Bella Salvaje”, esta última con Néstor Barbosa.
Tras un momentáneo apagón, que parecía no dejarnos terminar nuestro trabajo, Blanquita volvió al tema de Barbosa,
afirmando que estaría dispuesta a trabajar con él nuevamente, “porque es un excelente actor y buen compañero.
A propósito de su contrato de entonces con la cadena C.M.Q. Televisión, Blanquita Amaro agregó a esta entrevista de la Cuba de 1958 que “me siento muy feliz de poder actuar en mi país junto a mis compañeros, que son muy buenos; tanto como orgullosa estoy de mi nieto Antonio, del que vivo enamorada, aunque algunos crean que deba negarlo para aparentar menos edad; pero a mis 34 años es una felicidad poder ser abuela”, expresó.
Otro capítulo interesante que, como he dicho antes, prueba la bondad y decencia de esta dama de la escena, vedette incomparable del folklore cubano de principios de siglo, quedó demostrado cuando, durante la entrevista, respondiendo a una pregunta sobre su vida sentimental, ella dijo, refiriéndose a Villegas: “Me casé con un hombre muy bueno, sin que hasta el momento nos hayamos separado; tengo una hija que todos conocen y me siento muy feliz, sobre todo porque se me ha casado muy bien, cosa que preocupa a toda madre”.
Salto algunos párrafos de descripción ambiental de esta entrevista con Blanquita Amaro, en 1958 –que no tendrían mayor importancia ahora-- para caer directamente en otra parte de su trayectoria artística que me parece importante de mencionar, para aquellos que la conocieron poco en sus tiempos de reina de la farándula y la lírica cubana, con la misma intención de reconocer todo lo que pude obtener de sus mismos labios, en una noche habanera que anticipaba, insospechadamente, el destino que le esperaba a Cuba.
En Madrid y Barcelona –así también como en Argentina--, Blanquita actuó en revistas musicales y en zarzuelas, entre la que se destacó Las Leandras, montada para ella por Antonio Palacios. Y alrededor del año 1953, recordó sus actuaciones en zarzuelas del “Teatro Campoamor, junto a Rosita Fornés, Zoraida Beato, Maruja González y Miguel de Grandy.
Una pregunta casi inevitable en cualquier periodista, afloró en mí una vez más cuando indagué acerca de sus preferencias entre los géneros: dramático o cómico. Ella respondió: “A mí me gusta más el drama, pero la casualidad me ha situado en los últimos tiempos en papeles cómicos. “Sin embargo, con la compañía de Eugenio Zuffali –donde también actuaba Raquel Revueltas--, hicimos obras como “Prostitución”, “Departamento de Señoras”, “Siete Mujeres” y “La Mujer X”, destacó.
La entrevista que reproducimos, realizada por mi, como he venido diciendo en 1958, va llegando a su fin entre temas menores y la satisfacción expresa de la diva, particularmente, como dijo, refiriéndose al público cubano, “del que me siento muy complacida, pues se ha comprobado que no me olvida y me hace sentir que tengo mucho arrastre en él”.
Con Blanquita Amaro y su hija, Idania Villegas; mantuve siempre una hermosa y respetuosa amistad, que alegró siempre mi vida profesional cada vez que volvía a entrevistarlas aquí en Miami, a raiz de sus presentaciones del espectáculo "Cuba Canta y Baila". Por eso he querido reproducir, como un honor póstumo a la memoria de una y de la otra, esta pieza periodística, escrita en La Habana y publicada originalmente hace cincuenta años en la Revista "Crítica", de Mario Zayas-Bazán, lamentando su muerte y celebrándo la vida artística de ambas. Luis Felipe Marsáns. (2008).

Blanquita Amaro cuando era entrevistada por Luis Felipe Marsáns en 1958, en su "Gran Parrillada", de la Carretera de Rancho Boyeros, junto al Night and Day, en La Habana, Cuba.

Luis Felipe Marsáns en una foto de 1980, en Miami, junto a Blanquita Amaro, durante una de sus subsecuentes entrevistas sobre el espectáculo "Cuba Canta y Baila".
Tilson
Thomas al
comando de
la "New
World
Symphony"
con una brillante solista del piano
Por
Luis Felipe Marsáns
En la inauguración de su temporada de conciertos correspondiente al
bienio del 2004-2005i, el sábado, día nueve de octubre la “New World Symphony”
logró ensamblar un excelente programa, en su hogar propio del Lincoln
Theatre, de Miami Beach, con la singular ejecución
de obras pertenecientes al repertorio ruso, que no sólo estuvieron bajo la
magistral batuta de Michael Tilson Thomas, sino que, además (temporalmente,
conforme a uno de los programas educacionales de la orquesta), del joven
director invitado Benjamín Shwartz –graduado del Instituto de Música de
Curtis, en Filadelfia; y
Director Asistente de la Sinfónica de Deleware--, quien condujo la obertura de Russlan y
Ludmilla, de Glinka.
Tilson Thomas, quien siempre sobresale por su fina personalidad,
sentido didáctico y una absoluta erudición en las explicaciones sobre lo que
va a tocar, constituyó de por sí un capítulo extraordinario
de la velada, dirigiendo la
Sinfonía Númro 9 de Dmitri Shostakovich, en la que transmitió a los músicos
(35 de ellos, sustituidos esa temporada, de acuerdo al carácter académico de
la orquesta), el espíritu inquieto
de semejante partitura, pero más aún el expresionismo orquestal que caracterizó
a Shostakovich, como uno de los compositores más virtuosos del siglo pasado.
EL
MAESTRO MICHAEL TILSON THOMAS CONDUCIENDO LA "NEW WORLD SYMPHONY"
Compuesta en cinco movimientos, la sección de metales logró momentos
de estupenda grandiosidad, con un aire
marcadamente marcial y, como la enunciación de los metales
en el primer tiempo, que
luego recoge la orquesta en sus diferentes secciones, durante la extensiva temática
de la obra. Pero en una composición así, hay muchas otras cosas que resaltar,
como el trabajo preciso y convincente de la madera en el Presto y en el Largo,
así como el emocionante aporte de los instrumentos de percusión,
particularmente del bombo.
Pero tal vez el momento más sorprendente de la noche haya llegado en la ejecución del Concierto No. 1
de Pedro Tchaikovsky, concedido en su parte solista a Daria Rabotkina (muy joven
entonces), quien se desenvolvió a lo largo de la obra con un dominio
sensacional de los tiempos y la dinámica, manifiestos a lo largo de semejante
partitura con una soltura que a
veces escasea hasta en el aporte de los más grandes
maestros del instrumento.
Para mí, particularmente, el primer movimiento de la obra fue el mayor
logro de la pianista, que deslizó sus manos sobre el teclado con resuelta
soltura, precisión y limpieza, además de impregnarle una emotividad artística
que revelaba su singular
sensibilidad artística, acoplándose
bien al maestro en los pasajes concertantes; en igual brillantez que la de su
interpretación propia de las cadenazas.
De otro lado, el Alegro non tropo y el molto maestoso del
segundo tiempo fueron momentos de la ejecución por la Rabotkina de gran
inspiración y manejo de la técnica pianística,
que en ese instante de la obra, requieren el empleo de una rápida digitación,
dispuestas para ambas manos, en igual exigencia.
Gracioso con creces, el Andantino del tercer tiempo –-que
arranca con un golpe de tímpano y una fuerte frase en las cuerdas--, fue otra
oportunidad de lucirse de la ejecutante, quien
tras notársele una brevísima incertidumbre,
que superó en el acto, llegó al
Alegro con foco del final con la misma
seguridad de los tiempos
anteriores, emocionante en los crescendos,
en elevada comunión con la orquesta y su director, que dio lugar a un cierre de
grandes y gloriosas sonoridades, que levantó al público de sus asientos.
Daria Rabotkina, nacida en Kazan, sorprende también por cómo es capaz
de juguetear con el teclado siendo una intérprete tan joven en el momento; pero
eso podría tener su explicación en el hecho de que nació en el seno de una
familia de músicos, que enseguida la orientaron hacia esta maravillosa carrera;
por lo que, a la edad de cinco años, ella estaba ya ofreciendo
su primer concierto en público. Daria ha sido ganadora de competencias
importantes de piano en diversos países de Europa Oriental; además de haberse
presenado en festivales de Finlandia, Moscú, Francia, Alemania y Estados Unidos.
Pero una noche dedicada a
la música de Rusia, Michael Tilson Thomas no quiso terminarla con la aparición
de Daria. Como encoré, el maestro dirigió
su orquesta en la resonante
y casi acrobática Danza de los Marinos Rusos, de Gliere, en una
ocasión que, de por sí, era trascendental, especialmente por el hecho de que
allí habría la décimo séptima
temporada en existencia de la orquesta, que representaba la misma cantidad de
nuevas orquestas en una misma, debido a los cambios anuales que siempre se
producían en ella, como dije anteriormente, a causa de su carácter académico.
Más aún, manteniendo desde el principio, la calidad sin par de un
ensamble formado por graduados de las mejores universidades y conservatorios de
Estadios Unidos, que vienen a Miami a estudiar repertorio, y salir luego a
incorporarse en otras orquestas proesionales, con un sentido permanente.
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