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GRANDES
PAGINAS DEL AYER
El
resurgimiento de una ópera barroca:“La
Coronación de Poppea ", de Claudio Monteverdi
Por
Luis Felipe Marsáns
Como
compositor e intérprete, Claudio Monteverdi , no sólo
tenía la habilidad de tocar varios
instrumentos de cuerdas y teclado, sino también la gracia de cantar,
cualidad ésta que, probablemente, lo
movió con un carácter especial hacia
el desarrollo de la ópera barroca, establecida poco antes de que él viera la
luz.
Nacido
en Cremona, en 1567, Monteverdi era, pues, la figura idónea para estimular
la ópera italiana, que en sus orígenes fuera una especie de respuesta a
la tragedia griega, que cultivaron como nadie, Sófocles y Esquilo.
En
“La Coronación de Poppea”, que se revivió --después de 350 años de haber
sido escrita--, un miércoles de 1997, en el Dade County Audiutorium, de Miami
(con libreto de Giovanni Francesco Busenello), dentro de la temporada de ese año,
de la "Florida Grand Opera", se pone de manifiesto todo el genio
creador de este compositor, convirtiendo un episodio
de la Roma antigua, en
extraordinaria pieza lírica, cuando el legado de Puccini y de Verdi estaba
todavía a siglos de producirse.

DAVID
DANIELS EN EL PAPEL DE NERON
El
drama versa sobre los amores ilícitos de Poppea --esposa de Ottone--
y Nerón, al que ella enloquece de pasión con su sensualidad, juventud y
belleza; y llega a lograr que el soberano se divorcie de Ottavia, para
convertirse en su esposa y emperatriz.
En su reposición
de Miami,
L'incoronazione di Poppea, dejó
cubiertas satisfactoriamente todas
las expectativas, desde el aspecto histórico, llevado fielmente con arreglo a
la moral de su tiempo --intrigas,
celos, traiciones y muertes--, hasta su gran
logro artístico y musical entre los integrantes del elenco y
la orquesta, un grupo de cámara
que tocaba instrumentos auténticamente barrocos --incluyendo, claro, al
clavicordio--, bajo la batuta del joven maestro Harry Bicket.
Sin
embargo, el hecho, que suele identificarse con la originalidad, está señalado
por la historia como la imposición de
un empresario para ahorrase dinero empleando unos pocos músicos. De cualquier
manera, la partitura --con elementos de coloratura en el canto-- es rica, como
en todas las del período, y el volumen del sonido se logra subiendo el piso de
pozo casi al nivel del escenario.
La
soprano Mary Mills, que encarnó en Miami a Poppea, lo hizo
espléndidamente, lo mismo como la mujer seductora, pícara y sensual --que
busca conquistar el amor de Nerón y el poder político de Roma--, que como la
Emperatriz, en sus nobles y altivos gestos, durante la escena de la coronación;
pero muy particularmente por su magnífica entonación, en una obra donde prima
el recitativo por arriba de la melodía.
Escrita la ópera
para dos castratos en los roles masculinos principales, los contratenores David
Daniels, como Nerón; y Artur Stefaniwicz, como Ottone, realizaron un trabajo
excepcional en cuanto a la técnica
vocal, sonando casi como sopranos, mejor el timbre del segundo que del primero,
aunque ambos raros al oído de quien
no está acostumbrado a este tipo de interpretación.
Paralelamente,
fueron de la más alta calidad las actuaciones histriónicas y vocales
del bajo Kevin Langar, en Séneca
--el filósofo hispano-latino, nacido en Córdoba, quien fuera tutor de Nerón,
el mismo que lo llevaría al suicidio--; y
la mezzo-soprano Erma Gattie, como Ottavia, la emperatriz traicionada y
posteriormente ultimada.
En
los papeles de apoyo hubo
igualmente un buen nivel de trabajo, especialmente en Douglas Perry, como
Arnalta; y Nancy Degener, en Nutrice --con sus elementos de comicidad--; así
como en Ami Pfrimmer, encarnando a Drusilla, quien, por su amor a
Ottone, se juega la vida apañándolo, cuando éste es enviado por la
emperatriz --infructuosamente-- a matar a Poppea. La actuación del coro, por
otra parte, es limitada, pero tiene dos momentos supremos: cuando Séneca
enuncia su intención de suicidarse; y en la escena final, de la coronación.
La
dirección teatral de Bliss Hebert, por otra parte, fue extraordinaria,
acometiendo con tino la responsabilidad de montar cuadros
altamente sensuales, con movimientos explícitos y ropajes íntimos, sin
desatender la dignidad de una gran producción,
ni dejarla caer en la
vulgaridad. Así, pues, la soprano Mary Mills, como Poppea, no sólo se cambia
el déshabillé en la escena, antes de ir al lecho con Nerón --detrás
de un paraban de tela, que impide la transparencia total--, sino que semeja
estar compartiendo su intimidad tanto con Nerón como con su propio marido,
Ottone, en una misma secuencia de la trama.
Y
al comienzo del segundo acto, Nerón "se
divierte", con un amigo y una
hermosa dama cortesana a la vez, en actitudes y movimientos de sugestión total,
desnudo el torso de los dos y ligeramente vestida ella, en sus sensuales
movimientos sobre el cuerpo tendido del Emperador, que dejaba ocasionalmente al descubierto parte de sus extremidades inferiores.
Pero
“La Coronación de Poppea” --montada en
colaboración con la Opera de Dallas-- deberá recordarse también por el
lujoso carácter de la producción,
en su auténtico vestuario e impresionante escenografía, formada por altas
columnas doradas y una monumental estatua de Nerón, que sitúan al espectador,
de veras, en la Roma antigua.
(Febrero
de 1997).
Dos
óperas en la misma noche: dos tragedias dignas del aficionado al "bel
canto"
Por
Luis Felipe Marsáns
En
abril de 1997, la compañía operística de Miami presentó dos obras dignas de
recordar, entre otras cosas porque presentaron
dos extremos diferentes de la tragedia humana. Ellas fueron
"Sor Angélica", de Puccini --con libreto de Giovacchino
Forzano--; y "Los Payasos", de Leoncavallo, ambas
dedicada a celebrar cuatro siglos de teatro lírico italiano, y los 56 años
de existencia de la compañía.
Y
con la doble función, dos magníficas actuaciones de la soprano Diana Soviero,
quien, en el curso de tres horas, pasó de ser la monja obligada a llevar los hábitos
por una familia noble --martirizada con la privación de vivir al lado de un
hijo que concibió ilegítimamente--,
a la adúltera esposa del payaso Canio, director y artista estelar de un grupo cómico
ambulante.
La
Soviero, para quien el público de Miami no era nada ajeno, pues había
trabajado en la ciudad en la temporada de 1994-95 como Cio-Cio-San, en Madama
Butterfly; caracterizó su actuación de Sor Angélica con un conmovedor
dramatismo, dentro de una trama llena de tanto dolor y pena, que se
requiere ser una buena artista para lucirse como ella lo hizo,
particularmente en el aria que sucede a la visita de la implacable tía --que le
trae la noticia de la muerte de su hijo--, y luego en su ruego a la Virgen para
que la lleve al cielo, a reunirse con el niño.

ESTUPENDA EN "SOR
ANGELICA"
Fuera
del inmenso drama que plantea, Sor
Angélica, como ópera, pudiera no serle muy atractiva
a la mayoría , pero su originalidad temática y musical --junto a la
actuación angélical del coro sobre la partitura de Puccini, llena de sublimes
melodías--, la hacen deliciosa desde el punto de vista humano, particularmente
cuando la religiosa decide suicidarse tomando un cocimiento hecho con plantas
venenosas, para ir al cielo a encontrarse con su retoño, que le fue arrebatado
al nacer.
Pero
ocurre que cuando la monja se da cuenta de que ha pecado por la vía del suicido,
y piensa que la Virgen no va a ofrecerle la gracia de reunirse con su hijo,
comienza a implorarle su perdón, de una forma patética. En ese momento, tras
un breve suspenso, la figura del niño entra
lentamente en la escena y se le abraza, para llenarla de alegría en el
momento final de su existencia, mientras que ambos cuerpos caen al suelo sin
vida, porque realmente, la presencia del niño --que ha muerto antes--, es sólo
un acto milagroso y momentáneo de fe.
La belleza
musical de la composición, por otra parte, ofreció una nueva oportunidad de
lucirse conduciendo la orquesta como invitado, al maestro Willie Anthony Waters,
quien en una época, fuera el director musical permanente de la misma Opera del
Gran Miami.
Pero,
pese a su doble actuación de la noche, no sería Soviero la figura más
sobresaliente, sino el tenor puertorriqueño Antonio Barasorda, en su espléndida
interpretación de Canio, en "Los Payasos", ópera también corta,
de argumento menos elevado, pero favorita de todos los públicos por sus
preciosas melodías y su planteamiento realista de las miserias humanas, el amor
traicionado y el crimen pasional, en contraposición a la comicidad.
Con
una voz excelente en cuanto a timbre, potencia y dominio técnico, Barasorda fue
convincente en su role, sobre todo en el aria Vesti la giubba (Ríe, pues,
payaso), con una disposición teatral muy acertada, que le ha
ganado adeptos en todas partes. Valga decir que la ópera tiene el
libreto de su mismo autor, tomada
la historia de primera mano, en la vida real, pues en ella estuvo mezclado un
criado del padre de Leoncavallo.
De
otro lado, Tonio encontró un buen intérprete en el barítono
Mark Rucker, con excelente voz y actuación a la vez; y el tenor John Pierce
volvió a demostrar su carácter polifacético encarnando muy bien a Arlequín.
Pero entre las actuaciones más descollantes --aparte de las de Soviero y
Barasorda--, la del barítono Grant Youngblood, como Silvio --el aldeano
que es amante de Nedda--, no podría dejar de mencionarse, por su
adecuada voz y facilidad histriónica para el papel.
Aquí
también la batuta de Willie Anthony Waters se hizo notar conduciendo la
Orquesta de la Opera, y el coro de niños de la Sociedad Coral de Miami estuvo a
tono con la situación, al igual que lo hicieron los mayores.
Realmente,
hubo un buen equilibrio entre "Sor Angélica" y "Los Payasos",
pero fuera de la actuación excepcional de Barasorda, Sor Angélica, en general
fue un bocadillo mucho más exquisito, independientemente de la temática, por
su fina realización en el montaje, escenografía, vestuarios e iluminación,
menos evidentes en la obra de Leoncavallo.
Lo que
escribí cuando falleció Mstislav Rostropovich, en el 2007
Mstislav Rostropovich, uno de los grandes virtuosos del
violonchelo –dedicado también a la dirección orquestal--, falleció el
viernes 27 de abril (2007) en su nativa Rusia, a donde volvió tras su largo
exilio en Estados Unidos, durante la dominación soviética. El deceso se produjo
en un hospital de Moscú, en el que se encontraba internado, según informó la
portavoz del maestro, que contaba al morir 80 años de edad.
El hecho ha consternado a los círculos culturales
--y particularmente musicales— de todo el mundo
que conocieron la enorme grandeza de Rostropovich, y su dedicación a los
compositores clásicos de todas las latitudes, muy
particularmente a los de su país, entre los que siempre incluía a
Tchaikovky.
Según se ha conocido por informes de la agencia
oficial de noticias rusa, Rostropovich padecía de cáncer intestinal, pero
recientemente su tratamiento le había proporcionado una notable mejoría. Sin
embargo, poco después él volvió a agravarse, y tuvo que ser recluido en el
hospital donde murió.
Entre sus apariciones en capitales de la cultura
musical de la Unión Americana, tuvo algunas en Miami, especialmente tocando un
24 de febrero con la entonces Florida Philharmonic, dirigida en esa ocasión
por el maestro Stefan Sanderling, dentro de las Series de concierto de la
Asociación de Judy Drucker, que abarcaba a Miami y Fort Lauderdale.
Aquella noche, Rostropovich interpretó el "Concierto
en si menor", Opus 104, de Antonin Dvorak, con gran acierto y emocionante
pasión, dentro de un repertorio que también incluyó selecciones de Romeo y
Julieta, de Prokofiev.
Después de terminada la velada, en una recepción
ofrecida para los patrocinadores de la Asociación de Conciertos de la
Florida, el virtuoso me dijo que se había sentido muy feliz con la acogida
del público asistente.
Nacido en Baku, Azerbaijan, en 1927, Rostropovich
comenzó sus estudios musicales a la edad de cuatro años; y a los quince, él
hizo su debut en público, dejando a los asistentes impresionados por su
facilidad interpretativa en el violonchelo, y por su dominio técnico. Su
carrera, sin embargo, se consolidó estudiando con dos grandes maestros y
compositores de la música rusa --Prokofiev y Shostakovich--, hasta graduarse en el
"Conservatorio de Moscú".
Pero cuando estaba en la cúspide de la popularidad
artística, el músico huyó de la Unión Soviética a causa del
comunismo, para lo cual tuvo que
cruzar la frontera a través de un río, poniéndose el instrumento en la
cabeza, hasta que logró llegar a tierra firme.
Una vez asilado en Estados Unidos, donde vivió gran
parte de su vida, Rostropovich dirigió, como invitado, la
Orquesta Nacional de Estados Unidos, de Washington D.C., en la que fue
nombrado posteriormente como su director en permanente; posición esa en la que
permaneció durante 17 años, hasta que decidió volver a su nativa Rusia, después
de la caída del régimen comunista.
Mstislav Rostropovich (izquierda), durante la recepción
que sa le ofreció en el citado concierto de Miami a que se hace referencia en
este artículo, junto a quien escribe, Luis Felipe Marsáns (centro), y al
entonces Presidente de la Sección de Cultura de la O.E.A. (Organización de
Estados Americanos), Profesor Efraín Paesky, de Argentina.
Recordando
al fallecido Stern:
una
leyenda de la música clásica
Luis Felipe Marsáns
Otro deceso de profunda impotancia en el mundo musical, fue el de Isaac
Stern, una leyenda de la música clásica, y uno de los violinista realmente virtuosos de toda la historia, quien
falleció a los 81 años de edad, tras una larga trayectoria en Estados Unidos y
el mundo. El maestro, quien tocaba su instrumento con pulcritud y
fácil manejo del arco, le imprimía a su depurada técnica
un carácter romántico y altamente melodioso, que pocos pudieron lograr.
Miami, como ciudad de Estados Unidos, fue una de las más afortunadas en verlo
tocar en múltiples ocasiones, en las últimas décadas del Siglo XX. Aquí apareció junto a Yo-yo-Ma (violonchelista de igual categoría, aunque
mucho más joven) y a otros instrumentistas, tocando en el formato del cuarteto
de cuerdas; pero sus apariciones más memorables fueron con las principales
orquestas del mundo. Su interpretación personal del Concierto para violïn y
orquesta de Tchaikovksy era muy emocionante por la dulzura
que ponía al fraseo de los temas.
En entrevista que hice a Stern, en ocasión de una de sus presentaciones en esta
ciudad -cuando él estaba en la cúspide de su carrera--, me dijo que se sentía
satisfecho con el auge que había alcanzado la música clásica en toda esta área,
y de ver que tantos hispanos conformaban las audiencias.
Nacido en Ucrania, Stern llegó a California cuando apenas tenía ocho años de
edad, y fue en esa ciudad donde comenzó a estudiar música con su madre. Una
vez terminados sus estudios, el gran violinista comenzó a tocar bajo la batuta
de los más famosos directores de la época, como Otto Klemperer, Pierre
Monteaux, Eugenio Ormandy, y Leonard Bernstein, con los que grabó gran parte
del repertorio para violín y orquesta.
Un dato significativo de la carrera de Stern en los últimos tiempos, fue que
después de terminada la guerra árabe-israeli, en 1967, él ejectuó el
Concierto de Violïn de Felix Mendelsson en el "Monte Scopus", con la
Filarmónica de Israel; acontecimiento que fue filmado y presentado en el cine como
"A Journey to Jerusalem".
Su labor como educador fue también significativamente importante, habiendo sido
su protegida, la violinista nipona "Midory" (que a la sazón era una
niña), y que con el tiempo se
convirtió en una de las ejecutantes más connotadas de la época, por su
calibre interpretativo y su virtuosismo innato, como pudimos apreciar en discos
de video y en vivo, tocando en conciertos de Miami.
Pero una de las más grandes contribuciones de Isaac Stern al mundo de la música
--por lo que deberá ser recordado siempre-- fue su rescate del Carnegie Hall,
neoyorquino de excepcional acústica y significación histórica, que en un
momento dado estuvo a punto de ser demolido para fabricar en su terreno un
edificio de estacionamiento.
Stern creó la institución "Salvemos al Carnegie Hall", y gracias a
su campaña y a la recolección de millones de dólares promovida por él y un
grupo de sus colaboradores, el edificio fue salvado del destino que iba dársele,
y remozadoquedando en pie como una realidad
maravillosa y un gran legado para la posteridad, donde yo mismo quedé fascinado
por
su extraordinaria acústica.
El
virtuoso violinista Isaac Stern, en el centro de esta foto --correspondiente a
una lucida recepción que se le ofreció al final de una de sus últimas
actuaciones en esta ciudad--, flanqueado por Luis Felipe Marsáns --que escribe
esta página--, y a su señora esposa, Concepción Juan de Marsáns.
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