Recibiendo el Año 2000  en la"tradición vienesa"

Por Luis Felipe Marsáns

El primer sábado del ano 2000, y, consecuentemente, del Siglo XXI,  la New World Symphony, bajo la batuta del maestro Michael Tilson Thomas, ofreció  un espléndido programa, en  su propio hogar del Lincoln Theatre, de Miami Beach, al que se le tituló "En la tradición vienesa" (porque así se hace cada primero de Ano en Viena, Austria), pero, además, por la naturaleza de sus componentes. Pero, independientemente de todo eso, la  velada fue todo un acontecimiento, porque agrupó obras importantes del repertorio --desde el romanticismo más puro hasta la música de esos días--, que complacieron a la audiencia, por su virtuosismo orquestal.

El concierto en cuestión comenzó con la Obertura del Festival Académico, de Johannes Brahms, que de por sí es una obra de especial magnitud y significación, mucho más cuando es tocada, como en este caso, con emoción y buen acoplamiento instrumental, que alcanzó su mejor momento durante su glorioso final.

La enigmática música de Schoënberg llegó entonces, en sus Cinco Piezas para Orquesta --en la revisión de 1949--, con un lenguaje musical  que está diametralmente opuesto al romanticismo de Brahms; pero que subyuga y despierta en cualquier amante de la música seria, el interés en esa  forma de expresión, como  cuando él lo hizo de forma dominante en el Siglo XX, del que escribíamos hasta no hace mucho en presente, y ya es una cosa que parece de un pasado muy lejano, porque pertenece a otro siglo.

Por otra parte, Tilson Thomas, que tiene igualmente una cualidad particular para interpretar este tipo de partitura, difícil por su construcción armónica, se mostró nuevamente en su mejor forma, por la manera en que dominó los diferentes tiempos, y la sonoridad que extrajo de la orquesta, totalmente integrada por músicos escogidos y jóvenes.

Pero  el programa tendría algo más, con la presencia del barítono invitado Thomas Hampson, que entonó muy bien, de principio a fin, el ciclo de canciones de Gustav  Mahler,  "Sons of a Wayfarer", particularmente en la que aprovecha la preciosa melodía del segundo tiempo de su Sinfonía No. 1, El Titán.

La parte cantada, sin embargo, tendría una participación no menos importante del mismo Michael Tilson Thomas, quien  siguiendo el ejemplo de su antecesor (Mahler nació en 1860 y murió en 1911), utilizó tres poemas  de Walt Whitman, para componer una pieza vocal de concierto, que, aunque mucho más moderna musicalmente hablando que la de Mahler, goza de no menos de calidad y altura

Siempre he encontrado en las composiciones de Michael Tilson Thomas algunas reminiscencias de Leonard Bernstein; y ésta no fue una excepción, como por ejemplo, en "Who Goes There", en que la  calidad rítmica recuerda a West Side Story.  Pero algo verdaderamente original y voluptuosamente melódico de este grupo de "Tres Canciones sobre poemas de Walt Whitman" (que es el nombre de la obra), lo encontramos en  "At Ship's Helm", el segundo tema, con una melodía de contenido profundo concedido a la madera, que pone énfasis en la flauta y el flautín o picolo.

Claro que una composición vocal así tampoco sonaría tan virtuosa sin un cantante adecuado, y el renombrado barítono Thomas Hampson estuvo en su mejor forma, no sólo en la entonación, sino también por el timbre y color de su voz, que son admirables.  En la tercera y última canción --"We Two Boys Toguether Dlinging"--,  Tomas le añade al canto una riqueza orquestal con toda suerte de colores, que logra un final excitante y brillante.

 La última composición programada, Variaciones de Brahms Sobre un tema de Haydn, le quedó muy bien al director de la New World Symphony, por la forma en que él atacó los tiempos --en especial, las Variaciones V y VI, y el inspirado final, donde asoma un elemento de ternura, totalmente emocionante.

Sin embargo, ahí no quedaría todo. Para ratificar lo de vienés, el maestro entonó, como encoré, "Raderetzky March", de Johann Strauss, que no sólo es algo que le gusta escuchar al público, sino también participar en la ejecución con las palmadas, como ocurrió en esta refinada y deliciosa noche de concierto en Miami Beach.

Charles Dotoit:  Increible al frente de la Orquesta de Montreal

Por Luis Felipe Marsáns

 (Review crítico escrito en febrero del 2000)

Una de las grandes orquestas del mundo, que me satisfacen al máximo cuando vienen a tocar a Miami, es la de Montreal, tal vez porque, conducida desde hace más dos décadas por el mismo maestro,  Charles Dotoit;  su asociación continua  crea una identificación especial hacia el logro de la perfección interpretativa, dejando en la audiencia una huella impresionante de lo que es, verdaderamente, una ejecución, impecable, capaz de elevar al máximo todas las emociones.

Ocurre que Dutoit no sólo tiene ante sí un equipo de músicos de primer orden (lo que suele llamársele en el argot musical, una orquesta virtuosa), sino también la habilidad de extraer de ellos el máximo de sus posibilidades interpretativas.  Dutoit es del grupo de los que han pasado ya a la historia, por su maestría, domino de la partitura y elegancia para dirigirla, sea de un compositor o de otro.

El miércoles, en el Dade County Auditorium, fue una de esas noche en que el maestro venía en el más alto punto de su precisión para ejecutar el programa, haciendo sonar vibrante y  firmemente la gigantesca orquesta canadiense, de tal manera que en el teatro de la Calle de Flagler, que a través de los años ha tenido fama de no tener buena acústica, resonó  increíblemente.

La "Orchestre Symphonique de Montréal" --como reza su nombre propio--, no sólo es espectacular por ser una de las más grandes, sino porque sus distintas secciones instrumentales se acoplan admirablemente, logrando ricas sonoridades, en la madera y los metales --siempre claras y precisas--; mientras que el cuerpo de violines es brillantísimo, apoyado por la sección media de la orquesta; y la percusión, que suena con especial majestad.

Pero el programa a que me refiero tenía otras particularidades que contribuyeron a su grandeza, especialmente por su repertorio. Escuchando lo que hasta hace muy poco era la música de nuestro  Siglo XX --que ahora tiene el misterio de lo pasado--, encontramos en la integración de sus piezas, un sabor distinto desde el punto de vista de la significación histórica y la evolución musical, situados como estamos en el comienzo del XXI.

Shostakovich, Prokofiev y Debussy, cobraban la posición que tenían en los años de 1950 las obras de Tchaikovsky, Mendelssohn y Brahms, que aunque muy distintas en sus concepciones armónicas y melódicas, porque respondían a las inquietudes de un mundo muy diferente, en el Siglo XIX, pleno del Romanticismo;  éstas del último miércoles, suenan ahora igualmente adecuadas para el nuevo siglo --como lo enunciaba la fanfarria de la Obertura Festiva, Opus 96, del  primer compositor citado--, ya que  ellas provienen de la época de la industrialización.

Pero no crean que ahí quedaba lo emocionante de esta magnífica velada . La aparición solista del irlandés Barry Douglas --ganador de las Competencias Tchaikovsky--   tocando el concierto No. 3, de Prokoviev, fue un ingrediente que vino a completar todo lo que he dicho anteriormente, por su virtuosismo en el teclado y porque en esta noche, él estuvo  singularmente brillante .

Preparado para enfrentarse a lo que para mí es uno de los conciertos  más difíciles del repertorio, original y grandioso en sus planteamientos armónicos, disonantes, pero lógicos, Douglas mantuvo desde que empezó la ejecución un buen  balance con la orquesta, que, por su parte, lo siguió en igual nivel, bajo la batuta de Dotoit, en el Andante-Allegro.

Asimismo, el pianista estuvo en su mejor forma en el Andantino, con variaciones, donde jugueteó con la melodía contras la flauta; pero su mejor momento llegó en el Allegro ma non troppo, del  final, que emergió soberbio, tanto en sus dedos como en el acompañamiento orquestal.

En la misma línea del Siglo XX, la segunda parte de la velada comenzó con  la suavidad del "Preludio a la siesta de un sauno", de Claudio Debussy, que no pudo haber salido mejor, en el tratamiento de sus suaves melodías, como dije antes, correspondientes a la escuela impresionista que, con la presencia del autor francés, abrió nuevas posibilidades a la música de concierto.

Y en La Mer, del mismo autor, la exuberancia de semejante orquesta se hizo patente de principio a fin, particularmente en el final del primer número (crepúsculo en el mar); y en el Diálogo entre el viento y el mar, que cierrra la composición. La última pieza programada --La Valse-- de Ravel, le dio una buena oportunidad a la orquesta de sonar con toda su transparencia y hermoso timbre; pero si usted cree que eso fue todo, se equivoca: un número de "encoré", que el maestro extrajo del romanticismo, para variar, tuvo una espectacularidad incomparable.

Se trata de la Farándula, de la Suite No. 2 de L'arlesienne (La muchacha de Arles), de Bizet, que no sólo le puso el broche de oro al programa, con toda su explosivo dramatismo, sino que dejó ver al máximo el virtuosismo orquestal de la Sinfónica de Montreal, y, sobre todo, la calidad en la batuta de Charles Dotoit, quien llevó la partitura impecablemente, en una obra cuyo tiempo es tan rápido, que para interpretarlo así, con semejante claridad, limpieza, acoplamiento y fuerza expresiva en la dinámica, hay que ser un verdadero titán.

(Febrero 2000)

  Atlanta sigue  estando al frente 

entre las orquestas sinfonicas  de E.U.

Por Luis Felipe Marsáns

Todos los que conocen bien esta materia saben cuáles son las grandes orquestas de Estados Unidos, pero la Sinfónica de Atlanta demostró en su presentación de marzo de 1996, en el Dade County Auditorium, de Miami, que está  igualmente a la cabeza de las principales  del país, en un programa colmado de la más subyugante música,  tanto del período romántico como del pasado  Siglo XX. Pero también  hubo en esta velada  otros factores  que son dignos de destacarse, aún en la perspectiva de la distancia en la fecha.

Como, por ejemplo, cuando el pianista Tzimon Barto interpretó el "Concierto Número Tres" de Prokofiev, haciendo gala de una técnica instrumental muy depurada, y, más que todo, de una entrega pasional a esta música  que demanda, en medio de su carácter disonante, una gran condición emocional del intérprete, lo mismo en los pasajes melódicos, que  en el Allegro, ma nontroppo del último movimiento, con cuya ejecución, él levantó al público de sus asientos.

Nativo de la Florida, Tzimon Barto  es uno de esos intérpretes  capaces de acometer  con acierto las más difíciles composiciones para el teclado, no sólo por su dominio  técnico, sino igualmente por su  capacidad artística para transmitir las ideas,  haciendo sonar el instrumento con vigor cuando es preciso, y dulcemente lírico en el fraseo de los tiempos suaves.

Barto ha sobresalido en los predios internacionales desde su que Herbert von Karajan lo invitó al Festival de Salzburgo --poco antes de fallecer aquél--; habiéndose destacado su trabajo y virtuosismo en la obra de casi todos los compositores, tocada junto a orquestas de la magnitud de la Sinfónica de Francia, las de Londres, Berlín, Checoslovaquia y Francfort, en Europa; así como las de  Chicago, Filadelfia, y San Francisco, en   Estados Unidos.

Y  Yoel Levi, quien dirigía la Sinfónica de Atlanta en aquel entonces (desde 1988), no estuvo menos sobresaliente, haciendo también honor a su reputación y trayectoria de director consagrado en casi todas las latitudes del Orbe. En Miami, él inició su programa conduciendo graciosamente la Marcha y el Scherzo de "El amor por las tres naranjas" (Love for Three Oranges), de Prokofiev;  pero su participación al frente de la orquesta cobró una intensidad mayor en el acompañamiento del concierto Número Tres, del mismo autor, donde no sólo él ofreció un apoyo excelente al solista, sino que manejó muy bien los tiempos y la dinámica de la obra.

Sin embargo, su más grande aportación a la velada llegaría con la Sinfonía Patética, No. 6, de Tchaikovsky. Interpretada por el director de manera espaciosa desde el planteamiento sombrío del tema de la madera en el primer movimiento --Adagio--, el Allegro non troppo que le sucede emergió en seguida dramáticamente en la plenitud de sus clímax, con marcado énfasis en los violines, incisivos en la exposición y desarrollo del tema principal.

El tercer movimiento --Allegro molto vivace-- fue un gran apogeo orquestal, por su carácter propio, en tiempo de marcha y frecuente empleo del bombo y los platillos, de manera que, como casi siempre ocurre, provocó que la audiencia rompiera la formalidad de permanecer callada hasta el final, con fuertes aplausos.

Pero donde quedó tácitamente expuesta la sensibilidad de este director --nacido en Rumania y  musicalmente formado en el Conservatorio de Tel Aviv, Israel--, fue en su acercamiento al Adagio lamentoso, del final de la obra. En sus últimos compases,  cuando suena el gong tras la desesperada elaboración  temática de los violines, el director se volvió hacia la sección de violonchelos --como envuelto en un trance--, que bajo su comando comenzó a apagarse en su fraseo, secundada por el pizzicato de los contrabajos --también disminuyendo en intensidad--,  hasta terminar la obra. Realmente: Patética.

Lo espectacular de siempre en 

"Carmina burana"

Por Luis Felipe Marsáns

Para Carl Orff, el estallido de la Primera Guerra Mundial cambió totalmente sus intenciones de dedicarse seriamente al estudio, en la "Academia de  Música de Munich";  pero, sin embargo,  su destino,  de convertirse en un nombre célebre dentro de la composición coral y sinfónica, se consumó inevitablemente --mientras que se dedicaba a la dirección orquestal--, con la creación de numerosas obras de diversos matices, entre la que emerge triunfalmente, la cantata "Carmina burana".

Y así, en un trabajo espectacular que reunió todos los ingredientes capaces de llevarnos a un paroxismo de emociones de todo tipo  --fuera de la ópera, la cantanta y el oratorio religioso, aunque algo  de cada uno tiene--, en "Carmina burana" (canciones profanas), Orff construyó una obra excepcionalmente única, que ha dado lugar  a que orquestas sinfónica y filarmónicas de todo el mundo --con un inmenso  coro, tres solistas y  un coro de niños--, mostraran su excelente calidad interpretativa, como ocurrió en el Gusman Center for the Performing Arts, del  downtown de Miami, cuando la entonces “Florida Philharmonic”, bajo la batuta de James Judd, interpretó esta obra en su concierto regular de enero del año 2000.

Judd, a quien habíamos visto antes acometiendo este reto, estuvo en la velada a que me refiero en su mejor forma, como evidencia de un mayor tiempo de ensayo y una identificación más profunda  con todas y cada  una de las partes de semejante partitura, difícil por su complejidad, y hermosa por el su carácter de su lenguaje musical, que el maestro británico acentuó con fuerza y entrega.

MAESTRO JAMES JUDD

A "Carmina burana", estrenada en 1936,   suele conceptuársele como la antecesora de Catulli Carmina --un "complemento" de la obra en cuestión, que data de 1943--, donde la poesía latina lírica toma  formas escénicas, con elementos corales y de baile, tal vez porque, fundamentalmente, Orff había cultivado el ritmo y el baile durante toda su vida.

Pero así como la música de "Carmina burana" es vibrante --sobre todo en el glorioso inicio, que se repite para finalizar--, y sus elaboraciones orquestales son pintorescas, con la inclusión de toda suerte de instrumentos de percusión; la obra  tiene  a veces un carácter  épico, que se aparta de los elementos  populares; incluso con pasajes altamente sensibles, casi llegando al canto religioso, por distante que esté de éste.

Carmina burana, pues, es  una obra sin paralelo, en la que se confunden  los textos profanos,  basados en poemas tomados del latín, el alemán y el francés, que danta del 1280, pero que no fueron encontrados hasta 1803, dentro de las ruinas de un monasterio Benedictino, en Beuron, Arpes de Baviera, 30 millas al sur de Munich.

Sus 200 canciones manuscritas,  la mayoría, en notación medieval ilegible, tuvieron que ser editadas en textos del latín, el francés vernáculo y el alemán, con melodías que parten del principio del canto gregoriano y el lied alemán. Adicionalmente,  la obra contempla la posibilidad de incorporarle cuadros escénico, pero en la interpretación de Miami que recuerdo, no los hubo; como no fueran las poses y mímicas de los solistas, que acometieron muy bien sus interpretaciones: Harolyn Blackwell, soprano; Noel Espíritu Velazco, tenor; y William Stone, barítono. También fue impresionante la entonación del Boychoir que dirigió David White, de forma convincente.

En lo que al apelativo de profano se refiere, cabe la explicación de que la cantata enaltece "el vino, las mujeres y los amoríos", en sus distintos  movimientos y temas, que se confunden alegremente con la línea melódica y el carácter rítmico; pero no por eso, se puede negar que su estructura armónica sugiere ocasionalmente, elementos de misterio; a tal extremo que cuando la secuencia fílmica "The Omen", vio la luz hace varias décadas, algunos críticos de cine sugirieron que la banda de sonido había sido un plájeo de esta grandiosa obra. Más tarde, productores de cine y de novelas de televisión por igual, han usado varios compases de Carmina burana, en su misma forma original.

Aunque no tiene que ver con lo que he escrito anteriormente, quiero recordar otro logro del  mismo concierto de la Florida Philharmonic a que me refiero, por similar atractivo. Se trata de una explosiva versión ofrecida de la "Consagración de la Primavera", que fue estrenada el 29 de mayo de 1913, en el “Teatro de los Compos Elíseos”, de París, ante una audiencia despavorida por sus ritmos y melodías disonantes, que representaban el mayor reto de Igor Stravinsky en esa época, tal vez porque la audiencia quedó asustada con su carácter satánico, ejecutado con semejante intensidad de sonido.

Aquí también la Filarmónica regional quedó a buena altura, no sólo en los acordes fuertes de la percusión --contra el sonido  salvaje de los metales--, sino también en el curso de las melodías dedicadas  por la maderas a la naturaleza, y que fueron entonadas exquisitamente por los miembros de esa sección.

"La Consagración de la Primavera", que abrió el programa, tanto como "Carmina burana", que lo cerró, fueron dos obras monumentales en una misma noche, que dejaron sentado una vez más la creciente calidad de los entonces músicos integrantes de la "Florida Philharmonic", bajo la batuta del talentoso director británico James Judd.

Sin embargo, unos y otros desaparecieron por falta de recursos económicos, irónicamente, en el momento en que se edificaba en Miami un millonario “Performing Arts Center”, con dineros del sector privado, pero también de los gobiernos locales –valga decir del que paga sus impuestos--, para no tener, ni una orquesta propia, ni mucho menos los recursos para pagar lo que vale ahora una butaca decente.

  (“Carmina burana” y “La Consagración de la Primavera”  han sido obras, además, favoritas de las compañías de grabaciones en discos de todas clases, por lo que expliqué anteriormente; de manera que  es fácil de obtener una u otra en cualquier cada especializada, grabada por múltiples orquestas y directores famosos. “Carmina burana”, en particular, recibió una ejecución muy emotiva aquí en Miami también por parte del trágicamente fallecido maestro mexicano, Eduardo Mata, al frente de su entonces Sinfónica de Dallas.)

excepcional velada de la nueva 

orquesta Sinfonica de rusia

Por Luis Felipe Marsans

Muchos y muy buenos han sido los programas con sinfónicas de fuera que hemos tenido la oportunidad de escuchar,  dentro de la serie "Sanford Ziff Prestige", de la "Asociación de Conciertos de la Florida", en el miamense Dade County Auditorium;  pero el correspondiente al último  miércoles de abril, de 1998, con la Orquesta Nacional de Rusia, tuvo características excepcionales.

Integrada por obras de tres compositores, la velada tuvo una verdadera autenticidad musical, imbuida de ese espíritu esencialmente  romántico de la Rusia antigua, que nada tiene que ver con el sistema político que aisló sus fronteras de Occidente durante setenta año.

 Por ejemplo, en los poemas sinfónicos "Tres cuentos de Hadas", de Anatol Liadov --compositor nacido en St. Petersburgo, que fuera discípulo de Rimsky-Korsakov, y maestro de Prokofiev--, el elemento folklórico que dio origen a la escuela nacionalista de "Los cinco", a la que perteneciera Glinka, entre otros,   estuvo presente en toda su magnitud,  interpretado con una sublime melancolía y  marcada dulzura en cada caso: "Baba Yaga", "El Lago encantado", y "Kikimora".  

              MIKHAIL PLETNEV

Menos reconocido en la actualidad que los grandes colegas de su época, Alexander Glazunov legó un concierto de violín --que fue el plato central de esta velada--, en cuya ejecución Gil Shaham exhibió sensibilidad y dominio instrumental al mismo tiempo, especialmente en el "Alegro" del fínal.

 En una sociedad moderna y sofisticada, que cada día se adentra más en la formación musical, y en la que el talento ha ido proliferándose a  radudales en  todo el mundo, Gil Shaham, con sólo 26 años de edad,  es otro de los ejemplos a que yo hacía referencia no hace mucho, habiéndose ganado un lugar muy alto por su virtuosismo interpretativo y perfección técnica, tras su debut de 1981 con la Orquesta de Jerusalén. Su aparición en  Miami, no solamente fue virtuosa, y clara en el tratamiento de los armónicos dispuestos por  Glazunov, sino también imaginativa en la elaboración de la cadenza. 

 Pero si la primera parte del programa de la Orquesta Nacional de Rusia fue deliciosa, su ejecución de la  "Sinfonía No. 5 de Prokofiev" tuvo un carácter sumamente espectacular. Al comando de Mikhail Pletnev, su director permanente, y músico de gran estatura de por sí --quien como pianista ganó el Concurso Internacional de Tchaikovky en 1978--, el gigantesco ensamble sonó a la altura de las circunstancias, perfecto acoplamiento y precisión en los pasajes solistas de las diferentes secciones.

El "Andante" que presenta la idea central fue espacioso y convincente, con una aportación incisiva y vibrante de la sección de cuerdas; y la imponente intervención de los instrumentos percusivos que, desde el redoblante hasta en gong, le acentuaba resueltamente el color a la composición.

 En el rítmico segundo tiempo --un "Scherzo" al que se le ha dado el nombre de "Allegro marcato" por su contraste en el trío--, fue otra demostración de las posibilidades de esta orquesta, gigante en tamaño, y con una musicalidad impresionante en  la ínterprelación de sus secciones; y en el "Adagio" del tercer tiempo, se dejó traslucir su profunda meditación, de trágico sabor y, sin embargo, la sensación de quietud de un momento de reflexión.

 A pesar de que la obra sinfónica de Prokofiev proviene de la tradición melódica del romanticismo, su elaboración varía notablemente, sobre todo porque él corresponde ya a una escuela más avanzada, donde urge el carácter disonante de la expresión musical. Además, su incapacidad de conciliar sus ideas con las de la  revolución comunista --por lo que vino a vivir a América--,  probablemente hayan sido determinante de un carácter distinto y desarraigado.

 Pero su Sinfonía No. 5 concluye felizmente, con una  orgía sonora del cuarto movimiento de esta obra no tiene nada que ver con lo que el maestro Pletnev y la Sinfónica Nacional de Rusia desplegaron con un virtuosismo orquestal logrado pocas veces en esa magnitud,  preciso el tiempo,  brillante el cuerpo de violines y cristalinos los de la madera y los metales, sin contar la aportación de la amplia gama de instrumentos percusivos que el compositor emplea con toda elocuencia expresiva.

 La Orquesta Sinfónica Nacional de Rusia, por otra parte, es la primera organización de su tipo formada en el país, en 1990,  fuera de la tutela gubernamental, tras la caída del sistema soviético, empleando a músicos de gran experiencia, consagración y virtuosismo del país. Uno de los elementos más admirables de su ejecución de conjunto fue el acoplamiento, disciplina y calidad logradas en  sólo ocho años, además de la sensible musicalidad que caracterizan sus programas. Lo que nos lleva a admitir que el maestro Mikhail Pletnev, no sólo es un virtuoso del piano, como lo demostró en la competencia de Tchaikovsky, cuando ganó, sino también en el pódium, al que subió, para quedarse, en 1980.

La Sinfonía No.2 de Sibelius, 

tocada por una gran orquesta

Por Luis Felipe Marsáns

Entre las obras orquestales del finlandés Jean Sibelius, su "Sinfonía No. 2", en Re Mayor,  emerge como una de las composiciones más grandes de su género, que lo mismo puede atribuírsele a la escuela nacionalista que primó en el siglo XIX en varios países de Europa --en la que brillaron también Tchaikovky y Dvorak--, que al neoromanticismo que antecedió, como una transición a la revolución musical de Igor Stravinsky, en el Siglo XX. Pero de una u otra forma, la grandiosidad de su lenguaje musical, que arranca del gélido clima de su país y se nutre y enriquece con elementos folklóricos, alcanza un nivel que sobrepasa a muchos de sus colegas.

 En la interpretación de esta segunda sinfonía a que me refiero, la "Orquesta Filarmónica de Israel", bajo la batuta de Yoel Levi, su Director Principal Invitado, alcanzó igualmente una altura extraordinaria  --en el programa de Miami, de marzo del 2004--, por la brillantez de su inmenso cuerpo de violines (primeros y segundos), y la certera aportación de los violonchelos y contrabajos, tocando con determinación y carácter; además de la claridad meridiana de la sección de metales, que representa en cada momento de esta obra un capítulo indispensable al mensaje colectivo, acoplado de forma precisa.

 Únicamente la Filarmónica de Israel, de gigantesco tamaño por el número de sus músicos, y superlativas condiciones musicales para ejecutar una obra así, pudo llenar con sus ricas sonoridades la estancia de la forma que lo hizo, yéndose por arriba de las mediocres  condiciones acústicas de la sala, debido a su gran tamaño en ese tiempo, por haber sido  originalmente el auditorio municipal de Miami Beach, donde celebraban hasta pepeas de boxeo.

 (Luego, tras la época del concierto a que me refiero, fue rebautizado con el nombre de "Jackie Gleason Theater of the Performing Arts", en honor al fallecido humorista  estadounidense del mismo nombre, que durante muchos años transmitió desde allí sus programas sabatinos de entretenimiento por la televisión nacional).

La Sinfonía Número 2 de Sibelius, volviendo al tema, contó también, en el andante del  segundo movimiento de una participación encomiable de la madera, momento en que el compositor se expresa con la mayor melancolía que puede esperarse en magistral elaboración orquestal, entremezclando sus pasiones con las otras secciones del conjunto, a lo que se sumó un espacioso concepto interpretativo del director, igualmente admirable en todos los otros capítulos de la composición. Y en el tercer tiempo --marcado como vivacissimo--, también supo el maestro juguetear con los temas, entrelazádolos  magistralmente en  la orquesta, que producía sonoridades altamente emocionantes, como cuando los metales y el tímpano recogen el planteamiento temático con dramatismo.  

               PINCHAS ZUKERMAN 

Pero el Alegro moderato del último movimiento fue un verdadero apogeo. Aquí, apareció el tema de  esta gran partitura, y en su crescendo de grandes proporciones, Yoel Levi le impuso, con inspiración en el manejo de la dinámica,  una brillantez a los violines de conmovedora dulzura en su entonación melódica y asombrosa calidad y acoplamiento instrumental, de principio a fin. Honestamente, hacía años que no escuchaba en concierto vivo --aunque sí muchas en  grabaciones de discos-- esta "Segunda Sinfonía de Sibelius"; pero creo que esa noche valió por todas, en una demostración sin paralelo de lo que es una orquesta verdaderamente virtuosa.

 Este concierto de la "Filarmónica de Israel" a que me refiero, en Miami Beach, comenzó con la Sinfonía Clásica, No. 1, de Prokofiev --que en esos días estuvo frecuentemente programada en el espacio que ocuparía una obertura, tal vez por su  brevedad--; pero otro ángulo de la función musical que merece especial mención es la interpretación  del "Concierto No. 1, en sol Menor", de Max Bruch, a cargo del gran violinista Pinchas Zukerman, quien demostró una vez más su facultades. 

La obra en cuestión, que es una de las más importantes del repertorio para violín, pareció fácil en las manos de tan consagrado artista, pero es que sólo un instrumentista como Zukerman puede hacerlo, como él siempre lo ha demostrado.

“Los de Filadelfia” fueron algo más que virtuosos

Por Luis Felipe Marsáns

El concierto ofrecido un viernes de marzo del 2004  por la orquesta  de cámara "Philadelphia Virtuosi", en el Gusman Hall de la Universidad  Miami, dentro de la programación de la "Civic Music" --de Rosalina Sáckstein-- fue un acontecimiento para recordar, por su maestría interpretativa,  calidad de repertorio y, más aún,  gran originalidad lograda en los arreglos de piezas provenientes de la  escuela romántica, que fueron ejecutadas con diferente sabor  y peculiaridad, gracias al talento de su director (y arreglista), maestro Daniel Spalding; y de la pianista Gabriela Imreh, que era la solista invitada de la noche.

  Pero también, por la instrumentación  para  el ballet del compositor  contemporáneo Rodion Schedrin --para cuerdas y percusión-- de la partitura de George Bizet escrita para su ópera "Carmen", que sonó aquí, no sonó espectacularmente, sino  con la frescura de cualquier obra nueva, por un acercamiento que disponía cambios sustanciales en muchos pasajes de esta encantadoras música,  que él renueva en cada uno de sus tiempos, tanto en su carácter melódico como en aspectos rítmicos de los pizzicatos, recogidos con toda una gama de colores en la sección percusiva, donde no faltaron los más caprichosos instrumentos de su clase, incluyendo el gong, la marimba, la clave, las castañuelas, el xilófono, y una campana tubular (de tamaño limitado), con la que comienza la obra, tocando el  tema principal sobre una nota larga en las cuerdas.

  Unas de las características más sensible del arreglo fueron los aportes del tímpano al unísono y contra la orquesta, logrando un  dramatismo absoluto; y la participación ocasional del redoblante, como cuando aparece en la danza del segundo tiempo, donde también es característico una síncopas en el tratamiento de la melodía de los violines, cuyos pasajes terminan también a cargo del redoblante.

  Luego, la famosa "Habanera" en que  Carmen entra en escena --cantada por ella en la ópera--  cobra en este arreglo un sabor distinto con la intervención de la celesta, que en  medio de la exposición melódica, repite la frase musical de principio al fin. Y el misterio viene entonces en el número musical de una escena de la ópera, en el que también hay disposiciones de la percusión que  cobran aún más fuerza con el tímpano redoblando, antes de que los violines, secundados por las violonchelos, entonen la dulce melodía.

  El segundo Intermezzo aparece luego, dispuesto en el séptimo episodio de los trece de que cuenta la composición, con toda su riqueza melódica, pero a la vez con una melancolía mayormente enfatizada que la usual; y el Bolero, que le sigue, mostró un  derroche de acoplamiento entre las diferentes secciones, con grandes sonoridades en la percusión y brillantez en los violines.

  El tema de "El Toreador" apareció entonces con todo esplendor, reforzado por tambores y hasta un bongó, pero luego bajando la dinámica de la melodía, hasta que volvió a tomar fuerza en los violines, unos en las cuerdas, tocadas con el arco;  y otros mediante el pizzicato. Aquí  aparece nuevamente, aunque variado, el tema principal, que se repite hasta el final del tiempo.

 "El Toreador" junto a Carmen aparece con elementos de misterio otra vez, gracias a un pequeño aporte de los violines en trémolo,  primeramente; y luego del tratamiento de la melodía con una  suavidad  envolvente, que va desarrollándose hasta que se apaga en intensidad. El adagio surge después igualmente en el tremolo de los violines, mientras que los violonchelos le responden, melódicamente hablando, hasta que aparece  lo que sería la famosa aria de Don José, sustituida por los instrumentos, cuya melodía es elaborada con gran dramatismo en las cuerdas.

Tras el llamado "tema de la cartoniza", donde un solo del violonchelo fue entonado con gran  musicalidad expresiva, seguido por las cuerdas al unísono, llegó en  este arreglo de Schedrin sobre la música de "Carmen", de Bizet; el trágico presagio de lo que sería el final en la ópera, y, como otra originalidad,  la usualmente explosiva marcha de "El Toreador" reaparece en la marimba, interrumpida por las cuerdas en su registro grave y por unos  pizzicatos que retratan la confusión del momento en la ópera, hasta que la melodía cobra fuerza en todo el ensamble y el último tema es presentado en forma de  diálogo entre varios instrumentos, que recogen la campana tubular y el pizzicato del los violines, para terminar sobre un acorde decreciente.

  LA PIANISTA Gabriela Imreh, quien fue también parte del citado concierto,  hizo dos apariciones principales de carácter virtuoso en su manejo de la difícil música de Franz Liszt para el teclado. Interpretó primero, Malédiction (Maldición),  para piano y orquesta de cámara; y luego el Vals de Mefisto, también con el apoyo orquestal. En cada una de las piezas, la intérprete demostró su agilidad y dominio sobre la música de este grande del romanticismo; y el director (quien en la vida real es su esposo), llevó el acompañamiento con toda la maestría que requería la ocasión.

El programa también incluyó la Danza de los Sables, del ballet Gayane, de Aram Khachaturian, en apogeo sonoro del conjunto   --igualmente en arreglo de cuerdas y percusión de Spalding para su orquesta de cámara--; y, como encoré, la  "Malagueña", de Ernesto Lecuona,fue un hermoso regalo.

 Sin embargo, un encoré ofrecido en adelanto al final, para lograrle un descanso a la pianista entre las dos exigentes obras de Liszt, fue interpretado por todo el cuerpo de violines del ensamble sorprendentemente, porque no se sabía de esa eventualidad, y porque los músicos tocaron al unísono una pieza escrita por Juan Sebastián Bach para violín sin acompañamiento. Se trata de su Preludio en Re (basándose en el arreglo orquestal de Leopoldo Stokovsky), que emergió brillantemente, como un obsequioso momento, que electrizó a la audiencia.  

Puro virtuosismo en la batuta de Temirkanov en el 

pódium de la Filarmónica de St. Petersburgo

Por Luis Felipe Marsáns

Algo fuera de lo común ocurrió  el jueves, ocho de octubre, de 1998,   en el Dade County Auditorium,   cuando la Orquesta Filarmónica de St. Petersburgo --que durante la dominación comunista  recibiera el nombre de Orquesta de Leningrado--, ejecutó en un programa  tan musicalmente hermoso como eminentemente virtuoso, bajo la batuta autoritaria de Yuri Temirkanov.

Desde que la profundidad de los contrabajos se dejara escuchar en el inicio de Pequeña Trypotych --una obra del recientemente fallecido compositor Georgy Svridov, de belleza romántica y reminiscencias de la escuela nacionalista rusa--,  se advirtió la seguridad de que sería una noche inolvidable, como un augureo que afloraba.

La sensibilidad de los temas y la suavidad de los matices en las cuerdas, tanto como la seguiridad con que emergieron el resto de los instrumentos de la orquesta; establecieron de inmediato el ambiente musical de esos programas excepcionales, que elevan el rango del Dade County Auditorium, de Miami,  ante los que por mucho tiempo implicaron  que su acústica era deficiente: !lo que hace falte son orquestas que suenen¡

Lleno de sorpresas, el "Concierto en La menor", de Robert Schumann, surgió luego en las manos del virtuoso pianista, de sólo 17 años de edad, Jonathan Gilad , un pequeño artífice del piano que en la recepción que sucedió al programa, lucía como un niño cualquiera; pero que sobre el escenario tocó como un gigante, en el sentido de su dominio magistral de la partitura, que paseó de principio a fin, con una perfección increíble, y una  identificación con su el instrumento que  pudiera compararse a la de Evgeni Kissin.

Su interpretación del primer movimiento fue igualmente lírica e imaginativa --sobre todo en la cadenza--y el dominio de la dinámica hablaba de un pianista de grandes proporciones, en la concentración que imponía a los pasajes, y la facilidad digital de los grandes maestros de todos los tiempos.

 Pero el colofón de la noche llegaría, tras el intermedio,  en la "Sinfonía Patétitca" (No. 6), de Pedro Tchaikovsky, llevada por la batuta de Temirkanov acentuándole la gran sensibilidad de su contenido temático, pero, principalmente, imprimiéndole el tratamiento autoritario que le es característico a este director, quien ha dado muestras de su grandiosidad en el pódium, sobre todo, tocando la obra de los compositores rusos  --los de la época zarista y los contemporáneos también--, de lo que no sólo está el testimonio de sus apariciones en vivo en esta ciudad, sino el de sus muchas grabaciones en discos.

En el primer movimiento  --Adagio-Adagio non troppo--, la lúgubre presentación del tema  nos llevaba de inmediato a la tragedia interna que dominaba la vida del compositor en el momento de escribirla, y cuando el desarrollo del tema fue cobrando vida con toda su suerte de elementos melódicos y explosivas frases de rebeldía, la obra cobraba un puro dramatismo, al que es difícil de escapar en términos de su lenguaje musical propio.

Sin embargo, el Allegro con grazia,  del segundo movimiento, emergió felizmente, en medio de esa facultad especial que tenía Tchaikovsky de pasar de un sentimiento a otro; y la magia la marcha (Allegro molto vivace) del tercer movimiento, ornamentada dentro de su tema mismo, llegó al paroxismo explosivo de los instrumentos de percusión, al final del tiempo, en medio de una perfección interpretativa que arrancó el aplauso del público, culto, pero imposibilitado de reaccionar así a semejante interpretación.

La número 6 de Tchaikovsky concluyó en su forma más delicada, y --como dijo Modesto Tchaikovsky cuando la oyó por primera vez --, "patética" (de ahí le viene el nombre), mientras que los contrabajos y violonchelos repetían la última frase con la honda tristeza que hay en ella, apagándose lentamente.

Pero es curioso, y vale la pena consignarlo, la ejecución que realizó el maestro Temirkanov y sus músicos de la Orquesta de St. Petersburgo de la "Variación No. 10", del conjunto de Variaciones "Enigma", del inglés Sir Edward Elgar, a manera de "encoré". Aquí, las cuerdas de la gigantesca orquesta sonaron de forma sublime en el melodioso tema, que es sin duda, una de las páginas más singularmente hermosa de la literatura musical del Siglo XX, y que puso broche de oro a una velada que de por sí representó el comienzo, virtuoso e inolvidable, de una temporada más de concierto en lo que se ya convertido en un de los centros principales de Estados Unidos en lo que a música clásica se  refiere: Miami.

Brillante el Dvorak de la Sinfónica de Houston

Por Luis Felipe Marsáns

Si  queremos seguir propiamente  nuestra  exploración histórica sobre lo que lo que  era Miami a finales del  Siglo XX  en el panorama de la música  sinfónica –gracias al trabajo de la entonces principal empresaria Judith Drucker—, tenemos que detenernos  sin dilaciones  en  un concierto de marzo de 1998, donde  la  Orquesta de Houston sobrepasó las expectativas de toda la audiencia, demostrando un  sólido acoplamiento y potencia sonora, lo mismo en la brillantez de sus violines --incisivos y vibrantes--, que en la clara profundidad de su sección media y de los contrabajos;  y, más aún todavía, en la destreza de los metales, que en la séptima sinfonía de Antonin Dvorak --la obra cumbre del programa--, emergían impresionantemente, bajo la batuta  del maestro Christoph  Eschenbach.

Por otra parte,  Eschenbach  es uno de esos directores que  conocen tan bien su trabajo, que constituyen de por sí un elemento singular dentro de la actividad concertante. No sólo sorprendía cómo conducía de memoria, tomando en cuenta hasta  el más mínimo pasaje --con el tiempo justo y espacioso--, sino que sabía empapar su ejecución de una condición  autoritaria, con dominio de la dinámica, y un dramatismo absoluto en la impetuosidad de esta música, llena de la calidad rítmica y a veces danzarina de la Bohemia de otra época, particularmente en el Allegro del finale.

Establecer cuál de los cuatro movimientos de la sinfonía emergió más felizmente respecto a los otros, es tratar de perder el tiempo, en una ejecución de conjunto tan admirable; pero valga recordar la suavidad de los matices en el tiempo del Adagio, y la vivacidad del Scherezo, del tercer movimiento, como ejemplos de musicalidad y virtuosismo orquestal.

El violinista Joshua Bell, de otro lado,  lució espléndidamente en su interpretación del  Concierto, Opus 14,  de Samuel Barber --obra maestra del repertorio clásico norteamericano, creada en 1939--,  que emergió plena de lirismo, con un despliegue técnico impecable --gran dominio del instrumento en su magnífica afinación--; más virtuoso aún en el último movimiento (Presto in moto perpetuo), que requiere  una destreza particular en el manejo continuo del arco --con expresividad--, en medio de un desarrollo muy rápido, al que no escapan tampoco los miembros de la orquesta en su acompañamiento.

La velada --que estoy revisando retrospectivamente-- tuvo otros momentos de gloria para la Sinfónica de Houston y su director, primero en la raramente escuchada  interpretación de la Obertura de Oberón, de Carlos María von  Weber, que abrió el programa como una promesa --vívido el colorido orquestal, y clara y precisa la aportación de la trompa--; y luego en sus dos piezas de encore, especialmente la "Furia"  --trozo orquestal de la ópera La novia robada--, de Bedrich Smetana, tocada con  plenitud  de  posibilidades en semejante ensamble.

 Conociendo los instrumentos 

de la Orquesta Sinfonica

  Por Luis Felipe Marsáns

  Desde hace muchos años hubo ediciones de discos destinados a darles a conocer a los aficionados a la música clásica, tanto como  a los estudiosos, cuáles eran los instrumentos que integraban una orquesta sinfónica, con ejemplos de cómo sonaba cada uno de ellos, las épocas en que fueron surgiendo y cómo, a través de los años, la familia de voces instrumentales del concierto fue agrandándose debido a partituras que exigían nuevas aportaciones correspondientes a las composiciones, hasta llegar --como lo predijo Stokowsky en su libro "Música para todos nosotros"--  a los instrumentos electrónicos, de los que fueron principales  exponentes, el llamado “sintetizador” y la guitarra eléctrica.

  Sin embargo, la compañía de discos "Naxos" incorporó hace un tiempo a su catálogo un ambicioso proyecto en este sentido, con siete discos compactos y un libro explicativo, titulado en inglés,  "The Instruments of the Orchestra", con ocho horas de duración aproximada (8.5580-40-46), que comienza con el violín, desde la época de los compositores famosos del Barroco, y va avanzando por todas las edades hasta llegar a nuestros días, en que las orquestas han llegado a ser gigantes, para responder a partituras como son las de Ricardo Strauss, Gustav  Mahler y  Anton Brukner, por citar algunos.

  Obra del musicólogo Jeremy Siepmann, quien además de escribir los textos explicativos, los narra con  perfecta dicción del idioma inglés y vasto conocimiento de los cambios históricos que dan lugar a las  demandas de instrumentos diferentes  --tocados indistintamente con arreglo a cada época--, el volumen de siete parte, como dije antes, es  lo más avanzado como lo veo yo, para aquel que no sólo quiera disfrutar de la música, sino que esté interesado en saber cómo ella fue surgiendo en las diferentes épocas, marcadas claramente en la cronología,  que propició  la música de Monteverdi y de Vivaldi, hasta llegar, en el siglo XX, a las obras de Ricardo Strauss, que, valga decir, no tiene nada que ver con el otro Strauss, de los valses.

  Siepmann, por cierto, utiliza en su narración un lenguaje refinado, como cuando, al hablar del violín como cuerpo fundamental de la orquesta  en cualquier época, lo califica con "la ternura" que  emana de su sonido, desde la antigüedad hasta nuestros días; igualmente interesante en su comparación del mismo instrumento tocando la música de Stravinsky, "en que se vuelve diabólico".  Y luego se refiere a cómo susurra, al igual que un pájaro, en uno de los cuatro concierto que conforman "Las Cuatro Estaciones",  de Vivaldi.

  En los cuatro primeros discos, el profesor  analiza, además  del violín por sí sólo, como éste se relacionan  con las cuerdas de registro más bajo, la madera y los metales, hablando elocuentemente. Entre los ejemplos musicales que aporta, se refiere igualmente a la importancia de la trompeta, diciendo, en una   bonita imagen: cuando ella habla, atrae la atención del oyente, con respeto y jerarquía, particularmente si se junta  a los instrumentos de percusión, como ocurre en la "Fanfarria para un hombre común", de Aaron Copland.

Los otros tres discos compactos están destinados a la familia de instrumentos de percusión y a la orquesta sinfónica en general, en la que todos ellos se interrelacionan. Verdaderamente, esta realización de la compañía "Naxo" aporta a la pedagogía musical y al desarrollo cultural de todos, en términos de música culta, un elemento de incalculables proporciones, que, aún más allá del disfrute musical, servirá siempre de orientación en el futuro a todo aquel interesado en conocer la génesis de la música de concierto y su desarrollo histórico hasta nuestros días; y de aprender, al mismo tiempo, detalles excepcionales de la creación musical artística.

  Y como  complemento, me complace agregar aquí unos comentarios sobre varias realizaciones en discos compactos clásicos, que servirán al diletante para  comprobar lo establecido en el estudio anterior, como ejemplo de los valores musicales  respecto a lo que cada una de  las voces instrumentales significa dentro de la composición del conjunto.

  Por ejemplo, si usted es amante de la música gitana, hay una  realización del de  Cuarteto Gilles Apap  (Los muchachos de Transilvania), en el volumen  SK 62374, de la  Sony Classical, que  sobresale porque se trata de una colección de piezas cortas de compositores europeos --y de temas tradicionales--,  tocados con virtuosismo instrumental.

  El compendio, que comienza con la  Danza Española No. 1, de La Vida Breve, de Manuel de Falla; pasa después a explorar la obra de compositores como Prokofiev --en su Marcha de las tres naranjas--  y  de Khachaturian, en la  Danza de los Sables,  del ballet  Gayane;  además de ofrecer otras interpretaciones interesantes, como son las  Csárdás,  de Monti; y el  Vals Triste,  de Ferencz, entre otros.

  Pero tal vez su mayor dramatismo esté en las ejecuciones de música tradicional de varias épocas, en las que se acentúa especialmente el carácter  gitano del volumen. Gil Apap, en el violín (y Los Muchachos del Transilvania); Jean-Mark  Apap, en la viola; Chris Judge, en la guitarra y Brendan Staton, en el  contrabajo, ofrecen en esta realización algo verdaderamente delicioso de escuchar.

  De otro lado, el Concierto para Orquesta, de Bella Bartók --que es una de esas obras,  siempre favoritas de todo el mundo--, es objeto de otro lanzamiento de la citada compañía. Ocurre que se trata de una de las mejores composiciones del repertorio del  siglo XX, rica en su partitura y, por otra parte, el mejor ejemplo de lo que tratamos respecto al sonido de cada instrumento.

  En esta   realización a que me refiero, en el mismo sello Sony,  el  Concierto para Orquesta emerge como  lo que puede calificarse de verdadero logro, por la claridad con que suenan los metales y la madera, así como el resto del ensamble, en parte, gracias al sonido digital. Pero además, por la formidable asociación entre el director finlandés, Essa-Pekka Salonen y la Orquesta Sinfónica de Los Ángeles.

  Con el número de catálogo SK 62598, el disco compacto  contiene igualmente la "Música para Cuerdas, Percusión y Celesta" --otra de las grandes composiciones de Bartók--, donde director y músicos  acentúan  todo el misterio, de su primer tiempo; y su colorido y dramatismo en los otros movimientos.

  Otra grabación que viene a sumarse a las muchas existentes --justificadamente-- es la de  la  Orquesta Filarmónica de Berlín,  bajo la batuta de Claudio Abbado, interpretando la Novena Sinfonía de Beethoven, junto a la soprano Jane Eaglen; la mezzo-soprano Waltraud Meier, el tenor Ben Heppner, y el bajo barítono Bryn Terfel; además del  "Coro de la Radio Sueca"  y el "Coro de Cámara de Eric Ericson", conducidos por el maestro Tonu Kaliuste. El disco (SK 62634), que dura 66  minutos,  está impregnado de un puro sabor beethoveniano, en su espacioso tercer  movimiento, y en el gran carácter expresivo del cuarto.

  Así también, la Sinfonía con Órgano, No. 3, de Camille Saint-Saèns, cobra vida estupendamente en la  grabación digital de la  Sony  (SK 53979), bajo la batuta del maestro Lorin Maazel al frente de la  Sinfónica de Pittsburgh,  junto al organista Anthony Newman, de larga trayectoria y justificada fama. He aquí otro magnífico ejemplo de cómo los instrumentos, ligados al órgano, crean un ambiente único en el campo de la música sinfónica.

  El volumen cuenta, además, con otras tres piezas del francés, en su magistral estilo de orquestación: la    Danza Macabra,  la  Bacanal,  de la ópera  Sansón y Dalila  (tercer acto), y  Phaéton,  Opus 39, la obra menos conocida de todas las que se agrupan, pero de  no menos importancia.