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Lo tradicional siempre se  

imponea lo nuevo en el arte

(Lea abajo sobre el concierto de tania marti y alfredo munar)

   

Por Luis Felipe Marsáns

 

En la música, como en el ballet y la ópera --al igual que en la literatura y otros tipos de manifestaciones en que interviene  la creatividad artística de los individuos--, lo nuevo, en materia de composición de partituras y aportaciones de otros tipo, nunca antes vistas u oídas, sirven para enriquecer los diferentes repertorios; y renovar el impacto visual, cuando se trata de pintura o arquitectura. Pero no siempre ésto se logra.

 

Aparte de haber sido un clasicista empedernido durante toda mi vida en lo que al arte se refiere –particularmente en la música—; mediante el estudio de la intensidad y desarrollo que han ido  cobrando los diferentes géneros  artísticos en el último siglo, he aprendido a valorarlos más y hasta a amar manifestaciones modernas (hoy en día no son tan modernas ya, por cierto, pues estamos en el Siglo XXI), pero  siempre manteniendo como preferidas a aquellas  que del siglo XIX, que han conmovido mi sensibilidad, por sus profundos valores conceptuales y las formas en que ellos fueron desarrollados en su momento.

 

Y el ballet, por supuesto, no ha quedado fuera de este fenómeno. Así lo comprobé un sábado del 2002 disfrutando de una producción de “Coppelia”, con música de Leo Delibes, del “Miami City Ballet”  –revisada y montada su coreografía por la excelente primera bailarina Ileana López--, en el Teatro Jackie Gleason, de Miami Beach.

 

La obra --especialmente atractiva para audiencias infantiles y de jóvenes, por girar alrededor del tema de una muñeca que, supuestamente, se convierte en bailarina--, no sólo estuvo estupendamente bella por su ejecución en el trabajo del cuerpo de baile y la aportación histriónica de los solistas y otros integrantes de la  compañía; sino además, por la calidad de su partitura, que aún siendo ligera, llenaba felizmente el teatro con sus melodías y pasajes dramáticos de perfecta armonía, aún cuando eran productos de una grabación en discos, en lugar de la orquesta en vivo.

 

“Coppelia”, pues -–al igual que “El lago de los Cisnes”, “La bella durmiente”, “Cascanueces” y “Giselle”, por citar algunos solamente--, seguirán siendo lo más representativo y delicioso del ballet en puntas, por su música, coreografía y, sobre todo, carácter temático, sin tener que someterse  a horas  de bailes a veces incoherentes, que no responden a una historia, y a veces tan acrobáticos que cuesta trabajo aceptar que entre en el concepto de lo que hemos conocido por ballet clásico.

 

En su montaje y ejecución, el “Miami City Ballet”, que dirige Edward Villella, ha hecho posible una noche  esplendorosa que satisfizo a la audiencia, a despecho de otras producciones en las que los caprichosos movimientos y la falta de orientación sobre lo que uno estaba viendo, han hecho largas y tediosas las intervenciones de los bailarines, por lo que este hecho debe servir como pauta   para el futuro. 

 

 

Lo que personalmente  crei

 de la operetta “Paul Bunyan”

 

La introducción en el repertorio habitual de cualquier organización lírica o musical, conlleva siempre la curiosidad del público y, supuestamente, el enriquecimiento para todos, como prometía el estreno de “Paul  Bunyan”, de Benjamín Britten, por parte de la  “Florida Grand Opera”;   pero en este caso, quedó mucho que desear, por lo menos entre la mayoría.

 

Britten, un nombre importante en la música de conciertos y en la vocal, a mi manera de ver no logra en esta  opereta  desarrollar una historia que pueda atraer a los amantes de este arte en su forma más pura, ni por el incomprensible enredo temático, ni mucho menos por la carencia de una partitura que llenara  de regocijo al público, por su contenido  melódico.

 

Sí, sin embargo, sus pasajes corales lograron que las voces llenaran  el  ámbito del teatro con armonía de conjunto y ocasional emotividad, pero el libreto en un ingles británico  --de  W. H. Auden--, estuvo lejos de competir con el dialogo  de la opera italiana o francesa, o, incluso, al de las creaciones de Gilbert y  Sullivan, en obras como es “El Mikado”, por citar un ejemplo,  cuyo encanto tampoco  aparece en la composición de Britten, aunque ha habido quien lo sostenga.

 

 “Paul Bunyan” –que estuvo representada por primera vez en la Florida,  2002--, en el Dade County Auditorium,  sugiere empero el trabajo de los que gustan del análisis de cosas distintas con relación a las habituales; aunque realmente esta versión, que fue la segunda del compositor, tratando de corregir el poco éxito de la primera, tampoco llena lo que hubiera podido ser una noche con los grandes compositores tradicionales de las operas italianas o francesas, o, incluso, alemanas.

 

Y, si de innovar el repertorio se trata, la zarzuelas españolas, las creaciones más importantes de Broadway  --como son “Love Boat” o “West Side Story” entre muchas otras--, pudieran haberlo hecho  mejor, interpretadas, en ambos casos,  por importgantes solistas del género en la América Latina y España –si no es que quieren usar los de Miami o de Nueva York, en el segundo caso: ya que serían funciones que  presentarían  algo nuevo, pero comprensible desde el punto de vista del libreto, y  delicioso, en el aspecto musical.

 

En este caso de “Paul Bunyan”, sin embargo,  el libreto, que   versa sobre una “leyenda americana”, que ha sido calificada como “refrescante experiencia”, por su carácter folklórico, con la inclusión de temas  nacionales  como el jazz, yo no pude captar a plenitud ninguna de esas cosas.

 

Valga apreciar, no obstante, la original escenografía de Paul Steinberg, traída  del “New York City Opera”, que enmarcaron  los dos actos y el prólogo de “Paul Bunyan”, con  la dirección escénica de Mark Lamos; y la de Stewart Robertson,  en lo musical.

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