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El
poder político en la dirección orquestal visto por dos grandes maestros
de la música
En entrevistas que sostuvimos
independientemente hace unos veinte años, el compositor Julián Orbón y el
director y compositor mexicano Eduardo Mata, dejaron sentadas las condiciones de poder político
que encara un director sinfónico.
Por Luis Felipe Marsáns
Durante entrevistas que les realicé una aparte de la otra a dos grandes músicos
del Siglo XX, quedaron establecidas, como nunca, a mi parecer, las condiciones
de mando de un director sinfónico para poder llevar a la realidad de sus
concepciones artísticas la ejecución de una obra musical de envergadura, como
es una sinfonía o un concierto que incluya a un solista.
Julián Orbón, nacido en Avilés, España, pero criado en Cuba, donde trascendió
como compositor propio de la Isla por
haberse desarrollado allí desde niño, se apuro enseguida a responder mi
pregunta sobre por qué no se había dedicado a la dirección,
aunque fuera ocasionalmente, para ejecutar sus obras: “Porque para ello
hacen falta condiciones políticas”, expresó tajantemente; y añadió
“De todo dirigente emanan condiciones de poder que no están en mí”.
Autor de “Tres Versiones Sinfónicas”, Orbon
manejó la orquesta con maestría y belleza en varias obras más de ese
carácter, incluyendo sus “Partitas”, con solo de piano; e incorporó a sus
creaciones de la época los aires que hicieron famoso a Aaron Copland, quien en
otra entrevista que le hice, lo calificó como “un verdadero talento”. Ambos
están muertos.
EDUARDO MATA, FOTO DE 1985
Por otra parte, Eduardo Mata, un maestro mexicano que falleció trágicamente
cuando su avión particular cayó en territorio de su país a causa de un
desperfecto mecánico; fue todavía más explícito cuando –en ocasión de
venir a dirigir la “New World Sympnhoy”, en Miami Beach--, me dijo en una
larga entrevista, cuando resurgió el mismo tema: “Creo que es inevitable que
un director proyecte poder porque es ahí donde se logra, a veces
compulsivamente, que los músicos hagan lo que uno quiera”.
Director que fuera de la Sinfónica de Guadalajara, y por muchos años de la
Sinfónica de Dallas (con la que también se presentó en Miami), Mata
contestaba mejor esa pregunta con su gran postura en el pódium y sus gestos
impregnados de un carácter férreo, que transmitía a los miembros de su
orquesta el sentimiento sublime de los pasajes melódicos y la fortaleza
impactante de los fortísimos, como lo recuerdo en una “Carmina Burana”,
tocada en el “Gusman Philharmonic Hall”, del centro de Miami.
Eduardo Mata, quien coincidentemente había sido discípulo de dirección
orquestal de Julián Orbón, siguió nuestra charla diciéndome. “El director
es un señor que está parado frente a un grupo de músicos para ejercer una
influencia directa en ellos, incluso obligándolos a hacer cosas que van en
contra de su voluntad individual, con una visión de conjunto comparable a la
del teatro”.
Y sustanció aún más su tesis, diciendo: “Cuando el director es menos músico,
tiene que apoyarse en su condición de líder; pero creo que en la medida que
tenga más capacidad de comunicación con los miembros de la orquesta, habrá
menos necesidad de ejercer el poder de por sí”. Recordó el desaparecido
director que “he conocido directores con poco talento natural que, a base de
imponer su poder magnético y a veces carismático, logran hacer que la orquesta
suene de la forma que ellos quieren”.
Esta, sin dudas, fue una ocasión excepcional para conocer del tema de labios de
uno de los mejores directores de su época –arrebatado a la vida muy temprano
por el destino--, cuando aquél prosiguió su charla diciendo: “Sin embargo,
hay otros tipos de directores que tienen toda la intuición y la facultad de
hacer con sus manos y con sus físicos
que los músicos respondan de primera intención a lo que es su concepto de la
obra; y, por supuesto, estas personas necesitan ejercer menos el poder puro,
como una ley de compensación que existe en tantas otras cosas de la vida”.
Mata mantenía su residencia en la villa de Tepozblan, aislada de la ciudad,
mientras que no estaba conduciendo como invitado de orquestas de Europa. Su
muerte llevó un profundo luto a México, por cuyas calles fue paseado su féretro
en peregrinación antes de ser sepultado. El mundo de la música clásica, y
hasta los ciudadanos humildes, lo recuerdan con los honores que él supo ganarse,
sobre todo cuando estaba al frente de la Orquesta de Dallas (en el Estado
norteamericano de Texas) porque cada uno de sus movimientos en el pódium
correspondía de manera perfectamente coordinada al pasaje melódico, a los
acordes, precisos y emocionantes, o a la elaboración minuciosa de un crescendo,
siempre con elegancia y elevada calidad interpretativa.
Ahondando en sus éxitos al frente de la orquesta, Eduardo Mata dijo que “baso
toda mi técnica en la concepción de que los músicos son mis colegas, a mi
mismo nivel; y de esa forma puedo extraer de ellos lo que quiero, mediante el
lenguaje misterioso e indescriptible de las señas, los gestos y la comunicación
visual que provoca todo tipo de reacciones, incluyendo las telepáticas”. Y
sobre mi clásica pregunta acerca de quién debe tener la última palabra en la
ejecución de un concierto, el director dijo que “idealmente debe haber un
acuerdo entre las dos partes –director y solista--; pero en la actualidad, los
ensayos y las oportunidades de familiarizarse con el estilo del solista
son tan pocos, que el director prácticamente tiene que plegarse a los deseos de
aquél”.
Pero Mata tenía la costumbre de “realizar conciertos a su gusto” invitando
a solistas que estuvieran de acuerdo con él “de manera que durante la ejecución,
pudiéramos coincidir”, afirmó en aquella entrevista. Eduardo Mata fue
contratado como director permanente de la Orquesta Sinfónica de Dallas
--que había sido fundada en 1900— en 1970, poco antes de que
ofrecieran su primer concierto en Miami.
Sin embargo de la disparidad de criterios entre Mata y Orbón en lo que respecta
a la afición por el pódium, valga recordar que Orbón tuvo que ver con su
formación cuando él era asistente de Carlos Chávez, el más importante de los
mexicanos en la composición sinfónica. Tras unas presentaciones de las “Tes
Versiones Sinfónicas”, dirigidas por Eduardo Mata al frente de las orquestas
de Filadelfia y de Cleveland, el maestro mexicano dijo: “Creo que la música
de Orbón es sensacional”.
Eduardo Mata nació el 5 de septiembre de 1942 en Ciudad de México, y murió el
4 de enero de 1995 en un accidente
aéreo, cerca del Aeropuerto de Cuernavaca. Estudió en el Conservatorio
Nacional de Música de su país, y tomó sus cursos de composición con el célebre
Carlos Chávez. Además de algunas obras propias, dejó muchas grabaciones en
discos.
2010 (c)
Plácido Domingo cantando trozos de zarzuelas en los predios del
Gran Miami
El
tenor español por excelencia ha
cantado en muchas ocasiones en
conciertos, funciones operísticas y
selecciones de las principales obras del llamado “género chico”, así como
en una función de “Los Tres Tenores”, presentada en el entonces “Pro
Player Stadium”.
Por Luis Felipe Marsáns
Probablemente,
Miami haya sido una de las ciudades del mundo más visitadas por Plácido Domingo en calidad de intérprete, lo mismo en
recitales y conciertos, que en presentaciones de óperas. Pero todavía más
singular es que el gran tenor español se ha lucido con creces en estos predios
cantando zarzuelas españolas, en una ocasión, con el elenco formidable del espectáculo “Antología
de la Zarzuela”, de Tamayo; así como en otra, junto a su coterráneo José
Carreras, y al fallecido Luciano Pavarotti, en una versión local del espectáculo
“Los Tres Tenores”.
“La
zarzuela es una parte importante de mi vida porque he venido escuchándola desde
la cuna, así que al interpretarla, estoy haciendo una especie de homenaje a mis
padres”, me dijo Placido en una entrevista que le hice, en diciembre de 1987,
precisamente por cuenta de una de estas presentaciones en Miami.

PLACIDO DOMINGO DESPUES
DE ESTA ENTRREVISTA CON LUIS FELIPE MARSANS
Asiduo
artista de la región del sur de la
Florida en la época de esta entrevista, Plácido Domingo enfatizó que “volver a Miami me proporciona mucha alegría, porque
es un lugar en el que tengo verdadero interés por su público extraordinario”,
seguramente tomando en cuenta la vasta población de habla hispana, que ya
era increíblemente numerosa, después del éxodo del Mariel, en el año
de 1980.
Nacido
en Madrid, en el seno de un
matrimonio de cantantes líricos dedicados a la zarzuela, Plácido Domingo se
estableció con ellos en Ciudad de México, a
la edad de ocho años, en lo que sería su iniciación dentro del canto,
estudiando primero piano y vocalización, y luego actuando en la compañía de
sus progenitores.
Después
de su debut operístico en
Monterrey, interpretando el
personaje de Alfredo, en La Traviata, de Verdi; Plácido
descolló cantando con la Opera
Nacional de Israel “doce papeles diferentes , en 280 apariciones
en escena, a lo largo de dos años y medio. Pero su carrera cobraría
trascendencia internacional, a gran escala, después de su estreno en
1968 del Metroplitan Opera House,
de Nueva York, en el papel de Mauricio,
de Adriana
Lecouvreur.
Hablando
sobre sus participaciones en los filmes que
recogieron el contenido de tres óperas importantes con los grandes recursos del
cine –La Traviata, Carmen y Otello--,
Plácido dijo que Carmen, de Bizet, “fue
la más lograda y completa como película en general”.
“En
Otello,
pienso que Zeffirelli (el director) no me favoreció mucho en la edición, y
creo que aunque es una gran película,
podía haber quedado mucho mejor”, dijo el tenor, y agregó: “Carmen, sin embargo,
tiene todo el sabor español, desarrollada en la misma España con elementos auténticos,
que Rosi utilizó convenientemente
para hacer una formidable realización fílmica”.
Otro
hecho singular del que hablamos en la entrevista que sirve de base a este artículo,
fue su interpretación del papel
estelar de la ópera Goya, de Gian Carlo Menotti, que fuera estrenada por esa época
en el “Kennedy Center for the Performing Arts”, de Washington
D.C., con la asistencia de los reyes de España.

PLACIDO DOMINGO CANTANDO
CON ANTOLOGIA DE LA ZARZUELA
Años han
transcurrido desde que ocurrieron los hechos que se reflejan en esta entrevista,
pero la carrera de Domingo, como tenor, director de orquesta y ejemplo
dignificante a artistas líricos jóvenes que lo ven como el mejor; ha
continuado triunfalmente con sus
participaciones en centenares de conciertos y de presentaciones operísticas
alrededor del mundo, acompañado
por las mejores orquestas; y
grabando discos compactos y DVD (de imagen), con lo mejor del repertorio, junto
a otras sopranos y mezzo-sopranos de
probada calidad.
Entre los más reciente
que ha hecho Plácido en materia de grabaciones, están los discos blue-ray, de alta
definición de imagen y sonido, recogiendo para la posteridad sus grandes dotes
de tenor y su buen gusto para seleccionar las mejores obras vocales, presentando,
al mismo tiempo, a figuras que, aunque noveles, exhiben ya una sobresaliente
maestría dominando lo mejor del bel canto, y que él ayuda a que se conozcan internacionalmente,
llevándolas a cantar consigo por doquier.
Recordando
a Paloma" San Basilio por su estupendo programa en el escenario del
"Miami City Ballet"
Sorpresas y grandes emociones surgieron de un público que veía a
la diva española por primera vez, tanto como entre sus habituales admiradores.
Por Luis Felipe
Marsáns
Tal
vez para el público hispanoamericano de Miami, que se
ha acostumbrado durante décadas a las presentaciones de la singular
actriz y cantante española Paloma San Basilio, su presentación de hace unos años
con el "Miami City Ballet”,
sólo fue una una reedición de sus más grandes éxitos --que incluyeron
un concierto en la "Arena" de esta misma ciudad, junto a con Plácido
Domingo--; pero para la nueva
audiencia anglosajona que la conoció por primera vez en la presentación a que
me refiero, la “Paloma voló a su
punto más alto”.
Acompañada
al piano con admirable comunicación musical y despliegue técnico por el
maestro madrileño Eddy Guerïn --en el fino
e íntimo formato del recital--, Paloma San Basilio fue capaz de llenar
con su sola presencia un escenario tan imponente como era el Teatro Jackie
Gleason, de Miami Beach, entonando, para empezar, melodías tan sugestivas
como "The Way we were", La
Hiedra, Luna de Miel y Memory,
--esta última de la obra de teatro musical "Cats",
de Andrew Lloyd Webber--, las que arrancaron una espontánea y cerrada ovación del público.

EN ESTA FOTO DE LA
IZQUIERDA APARECE PALOMA SAN BASILIO CANTANDO UNOS DE LOS NUMEROS DE LA
PRESENTACION, Y A LA DERECHA, RESPONDIENDO PREGUNTAS EN EL CURSO DE UNA
CONFERENCIA DE PRENSA
Paloma,
además de ser de esas artistas que no sólo cantan bien, sino que lo hace con
refinamiento personal, entrega de
espíritu y una interrelación entre el ejecutante y el público; puso de
manifiesto todos esos factores a lo largo del programa entero, con sus
ocasionales comentarios, en inglés y español,
subrayando aún más lo exquisito de su personalidad.
Otros
números que la cantante acometió con toda suerte fueron "Sin
saber por qué”, Perfidia
y "Alfonsina y el
mar" --de sublime entonación en su voz--, siempre acompañada, además
del piano, por un coro de voces, formado por Yolanda De Las Heras e Irene Olive,
quienes reforzaban algunas frases de las canciones,
o, en otros casos, producían sonidos armónicos dentro del
contexto de los reducidos arreglos
musicales, que recaen por regularidad en una orquesta completa, cuando ella
ofrece sus programas habituales.
Pero
si bien Paloma San Basilio entonó dramática y admirablemente sus canciones en
español, aquellas tomadas del repertorio norteamericano surgieron con franco
desafïo y dominio del idioma inglés. En "Stormy
Weather", por ejemplo, la diva se desdobló, como si estuviera cantando
en su lengua materna, con el acento indicado; y en New
York, New York", su
adaptación al estilo imperante en la composición fue de una autenticidad
absoluta, en la entonación, el carácter y el dominio de la línea melódica,
además de por sus movimientos teatrales, que siempre la han caracterizado como
una verdadera y polifacética
artista en la escena.
Por
otra parte, en un programa enteramente dedicado a ella, la española mantuvo
siempre alta la atención del público, cantando y encantando
con su fina personalidad, como cuando retrocedió al cancionero popular
de la Cuba de los años 30 para interpretar "Nosotros",
con la emoción que sugiere el
drama de su letra; o cuando se entregó en cuerpo y alma a "El sueño
Imposible" (The Impossible Dream),
de la obra, "El hombre de la Mancha" (The
Man of la Mancha), número del que ella hace una verdadera creació.
Pero la presentación de Paloma San Basilio tuvo alternativas
no menos importantes para muchos otros públicos que colmaban la sala de
conciertos: hubo un tango con todo su aire propio; música de México y
composiciones de España, y, muy especialmente, una hermosa creación de
"Los Beatles",
en su homenaje particular al finado John Lennon.
PALOMA SAN BASILIO: EN CUERPO Y ALMA
Y
para concluir, Paloma cantó la pieza que le dio fama en sus inicios "No
llores por mí, Argentina"--, de la opereta de Webber "Evita",
que constituyó de por sí un momento culminante, donde las emociones se
agudizaban, palpitante el mensaje en su más elevada expresividad.
Fue,
pues, para resumir, una noche miamense de grandes revelaciones para
americanos que no conocían a Paloma San Basilio y que salieron admirando la
fineza de su arte y lo sutil de su personalidad; tanto como para quienes, habiéndola
escuchado muchas veces, la veían por primera vez en esta forma sencilla, íntima
pero, al mismo tiempo grandiosa, del recital.
De
las mejores presentaciones de zarzuelas cubanas de la "Sociedad Pro Arte
Grateli", con Marta Pérez
Por
Luis Felipe Marsáns
No
cabe duda. La Sociedad Pro Arte Grateli ha venido siendo la Meca de la
zarzuela cubana en Estados Unidos. Así
ha quedado demostrado durante
muchos años en sus numerosas presentaciones de Miami, pero muy particularmente
cuando subió a escena el espectáculo titulado "La Zarzuela Cubana
y sus Heroínas", en el Dade County
Auditorium, un domingo de principios del Siglo XXI, en el que una cantidad
notable de buenos cantantes ensamblaron
en original montaje, las seis principales obras de Ernesto Lecuona, Rodrigo
Pratts y Gonzalo Roig, en este género.
Creo
que, aunque cada una de estas piezas han sido presentadas por esta sociedad
musical en varias ocasiones, nunca antes el público había tenido la
oportunidad de ver y oír individualmente sus principales momentos, fundidos
todos en una misma noche, con la aparición de solistas que dejaron bien parados
sus nombres, facultades, estilos y talentos.
Enmarcadas
dentro de una original escenografía,
no menos hermosa que las tradicionales; y enriquecidas por los arreglos
musicales y la batuta de Alfredo Munar --particularmente en la “Gran Obertura
para las Seis Heroínas”--, y con las coreografías de Ballet
Concerto, de Sonia Díaz y Marta del Pino; los principales momentos de El
Cafetal, Amalia Batista, María, La O;” Rosa, La China”; Lola Cruz y Cecilia
Valdés alcanzaron un rango tan sorprendente, que a veces parecía que uno
estaba en una representación de la una compañía operística de
calibre.

EGLISE GUTIERREZ
LA FALLECIDA DIVA DE CUBA, MARTA PEREZ
En
la primera obra, Mabel Padrón, en Canción
de África; y Armando Naranjo, en Qué
Triste es ser Esclavo, alcanzaron un dramatismo conmovedor, en parte por la
naturaleza del tema, pero también por la forma de manejarla por ambos; y
en Amalia Batista, Kim Barreto,
Bernardo Villalobos y Eduardo San Emeterio, no fueron menos sobresalientes en
sus trabajos, tanto como resaltó el dueto de Julio y Carmita. Pero la
excelencia musical y vocal se multiplicaron en la selección de María, La O.
La
soprano Eglise Guitérrez entró aquí con su abundante y bien timbrada voz
encarnando al citado personaje de Lecuona, con
marcado brío y manejo de los elementos líricos y dramáticos, antes de
llegar al número de "la chancletera", que, en mi opinión, siempre ha
sido --no importa quienes sus intérpretes--
un elemento que no va con la composición, porque, si bien refleja el folklore
cubano de la colonia, en la época que describe
la zarzuela, no viste el escenario con la altura de una pieza lírica.
Sin embargo, la solista, Muriel Reinoso --que también apareció en Tengo
un Negro Lindo, de El Cafetal--, fue excelentemente fina
en su interpretación, aunque un poco perdida en el conjunto del baile.
Por
otra parte, Xavier García se lució luego en la Romanza
de José Inocente, y el gran dúo de Eglise con San Emeterio fue otra piezas
del más refinado gusto. Pero el epílogo de este segmento fue lo que más
conmovió al público, cuando
Eglise Gutiérrez, cantando sola a la altura de las sopranos operísticas, que
ella es, ejecutó en grado superlativo, la Romanza
de María la O.
Maureen
Colón abrió la segunda parte del espectáculo bellamente, con calidad vocal y
excelente manejo de la línea melódica, entonando
Rosa,
La China; secundada luego por Alan Gasel, Carlos Rafael
Parga y los solistas de Ballet Concerto, hasta llegar al dúo entre ella y San Emeterio, con
el mismo nivel de calidad interpretativa. Y en Lola Cruz, que le siguió en la secuencia, especialmente
en los Aguinaldos Blancos y en su Romanza,
que puso término a la selección, no
faltó tampoco el aporte del ballet, en un formidable montaje de la preciosa
pieza, Damisela Encantadora, también
en arreglo musical de Alfredo Munar.
El
cierre del espectáculo fue algo para la historia. Además de la intervención
de los solistas que ya he citado --en un personaje o en otro--, la
Salida de Cecilia estuvo a cargo de Martha Pérez, que se ganó el título
de la Diva de Cuba, paseando por doquier esta pieza cumbre de Gonzalo Roig.
Junto a ellas, “seis otras Cecilias” le hacían de coro, simbolizando la
sucesión del personaje en el futuro (ella murió años después), hasta llegar
al final, colmado de flores y de un público que les ofrecía
un gran aplauso, puesto de pie.
Pero
algo digno de mencionarse, por original y bien llevado, fueron los intermedios
entre una y otra escenificación, en los que, encabezados por el talentoso actor
Mario Martín, se pretendía la
existencia, atrás del escenario, de un público de otra época, "fuera del
tiempo real” y, como una paradoja, “encajado
en el tiempo de la música", para comentar el valor de cada obra en el
repertorio, con un poco de filosofía, secundado el primero por un grupo de
actores y por el coro, que le dieron un realismo muy a la original idea del
director general, Gonzalo Rodríguez, quien puso, echando vuelo a la imaginación,
a un teatro dentro del otro.
Cualquier tiempo
Pasado fue mejor en el Marine Stadium
Por Luis Felipe Marsáns
Hay un viejo proverbio muy usado, en el sentido de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”; pero aunque no siempre ha sido así, tiene mucho de cierto en algunos casos. En el panorama musical de Miami, por ejemplo, su aplicación no debe tener razón, si se tiene en cuenta que el progreso ha ido manifestándose paulatina pero
ascendentemente.
O sea si tomamos en cuentas que el único teatro para las artes escénicas y musicales que existía aquí antes de 1960, era el auditorio de la Escuela Superior Miami High --antes de que se edificara el “Dade County Auditórium”--, la frase es totalmente inadecuada, sobre todo porque ahora tenemos el “Performing Arts Center”, en el Downtown.

El "Marine Stadium", de Rickenbacker Causeway --rumbo a Key Biscayne-- no sólo era un lugar único para escuchar música de todos los géneros al aire libre, lo mismo de las graderías como de las embarcaciones y botes de placer, sino el sitio más pintoresco para conciertos familiares, en el centro de Miami, según muestra esta fotografía, tomada de un diario de
los años de 1960.
Tampoco aplica el proverbio si recordamos que por esos años, solamente había aquí una sola orquesta sinfónica --ni siquiera profesional, sino de la Universidad de Miami--, y que los artistas de renombre que venían a presentarse en nuestra comarca, lo hacían contratados por entidades privadas, de cuando en
cuando.
Sin embargo, “cualquier tiempo pasado fue mejor en música” aplica cuando tomamos en cuenta que la “Ciudad de Miami” operaba el “Marine Stadium”, del Rickenbacker Causeway, donde personas de todas las procedencias iban cada “Cuatro de Julio” a celebrar la Independencia de Estados Unidos, con un repertorio de música nacional del país y de otros muchos, como era la Obertura 1812, de Tchaikovsky, que hoy se interpreta en la misma fecha y ocasión en los jardines del Capitolio, usando cañones, campanas y
voladores.
Asimismo, las diferentes orquestas que hubo, valga decir, la “Greater Miami Philharmonic”, dirigida por Alain Lombard; la “Filarmónica de Miami”, que le siguió en turno, y las dos llamadas, en distintas épocas, “Florida Philharmonic” (todas desaparecidas ya), ofrecían sus programas del Día de la Independencia, a veces con la dirección de artistas de gran categoría, que eran invitados, como Mitch Miller, Arthur Fiedler y Peter Nero -–por citar algunos-- haciendo de la programación una verdadera unión de
nacionalidades.
Quiero decir, compartiendo la patriótica fecha del país en que todos vivimos, por una razón u otra, en una gran fiesta para todos, con el disfrute de cantantes y solistas invitados. Hoy, cuando probablemente ese fenómeno de unidad va tomando cada vez más falta, el uso musical del “Marine Stadium” ha desaparecido, y ni siquiera para las festividades de la Virgen de la Caridad, “Patrona de Cuba”, se utiliza el coliseo marino, tan acogedor y original, que servía incluso para que los aficionados, presenciaran las competencias marinas o regatas.
Y los conciertos de verano, de distintos géneros, que subían a su escenario flotante, con artistas del patio y de afuera, tampoco tienen hoy en el “Marine Stadiun” existencia, privando incluso a sus usuarios de entonces, de espectáculos únicos, atrayentes y llenos de un sabor completamente distinto a todos lo
demás.
Más aún, a un costo ínfimo si se compara con lo que hoy cuesta ir a la “Arena” de Biscayne Boulevard y a su vecino Performing Arts para escuchar conciertos de cualquier
tipo.
Claro que para quienes esos cambios no han afectado sus bolsillos, tal vez estos comentarios míos no importen, pero para aquellos que se ven privados de hacerlo, seguro que cobraría otra vez importancia aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, especial e irónicamente, si tomamos en cuenta que en ninguno de los casos pudimos salvar la existencia de una orquesta sinfónica propia de alto rango, como en cualquier ciudad importante del
país.
En esta vista del lado opuesto del escenario flotante, se puede apreciar cómo el público asistente disfrutaba de los conciertos, lo mismo desde los botes que sentado en la
gradería.
Lecuona
tocando su música, en un CD: precioso
legado para el cubano de Estados Unidos
Por
Luis Felipe Marsáns
Si
nos remontamos a las formas tradicionales del concierto y la sinfonía –o,
incluso, de la sonata, que fue su antecedente--, tenemos que aceptar que Ernesto
Lecuona no fue el más clásico de los compositores cubanos;
pero su música, llena de un espíritu nacionalista y romántico, lo llevó
a convertirse en el más popular de todos los creadores musicales nacidos en la
Isla caribeña, cantándole a su propio país, y, particularmente, a España, en
una serie de piezas agrupadas en la llamada Suite Española, entre las que
Malagueña se conoce en todas las latitudes.
Lecuona
fue también intérprete virtuoso de sus propias composiciones para piano, y
como tal, brilló en los escenarios y fue objeto de importantes grabaciones en
discos, que aunque en una época en
que todavía la perfecta reproducción de sonido digital era inconcebible; han servido de ejemplos magníficos a los pianistas que le
sucedieron, y han llevado su música al diletante de todo el mundo de la manera
más auténtica en cuanto a la dinámica y otros aspectos de la técnica
instrumental, así como a la pasión que lo animó a escribirla.

FOTO
DE ERNESTO LECUONA QUE ILUSTRA LA GRABACION
Tal
vez por eso, la RCA Victor, compañía que acogió con justeza a Lecuona como
intérprete desde los años de 1920, lanz un compendio grabado de sus piezas,
tocadas por el mismo maestro, en un álbum de en la fecha citada anteriormente,
un n álbum muy signficartivo (09026-68671),
bajo el calificativo de "La más
extensiva colección de composiciones para piano del legendario Lecuona",
procedente de su archivo en sonido análogo, y llevadofelizmente al digital, en
dos discos compactos.
El
primer disco, que es de una belleza absoluta, incluye
Malagueña, Andalucía, María la O, Siboney, Ante el Escorial y "San
Francisco, el grande", interpretadas autoritariamente; además de Siempre
en mi corazón, María la O y Noche Azul, todas cargadas de la nostalgia que
el maestro imprimió a sus melodías.
También
toca Lecuona, con gran sentido rítmico --de su colección de danzas afrocubanas--,
La comparsa, Danza negra, y Danza Lucumí;
además de un grupo de piezas que rememoran el Siglo XIX, como
A la antigua, En tres por cuatro (con
gran despliegue técnico), Canto Guajiro,
La habanera, Damisela Encantadora, Crisantemo, y Romántico, de sus Valses
Fantásticos.
En
este primer disco compacto de la reedición de Ernesto Lecuona tocando su música,
aparecen igualmente Rosa, la china; Como Arrullo de palmas, Palomitas blancas, Poético,
Estudiantina, Córdoba, de la Suite Española; Mazurka en glisando, Polichinela,
Gitanerías y Aragón.
Pero
uno hecho curioso que vale destacar --sobre todo para soslayar las dudas en
cuanto al sonido de los discos, teniendo en cuenta que las grabaciones datan de
entre 1927 y 1954-- es la técnica de reprocesamiento digital. Aunque no voy
a detenerme en eso, sí
quiero enfatizar el gran trabajo de ingeniería llevado a cabo por la RCA Victor
sobre sus matrices originales, para hacer de este álbum doble, algo que el
diletante puede disfrutar sin molestias de ruidos ni falta de fidelidad.
El
segundo disco de la colección agrupa
una extensa variedad de composiciones, cuyos títulos ofrecemos sin otros
pormenores, en beneficio de la brevedad. Son ellos, La
brisa y yo, Devuélveme el corazón, Preludio en la noche, yo te quiero siempre,
Pavo real, Vals de la sombras, "Bell Flower" (de Las tres
miniaturas) Zamba gitana; Por eso te
quiero, Vals azul, Vals en Sí mayor, Muñeca de cristal, Mi amor fue una flor,
Vals en Re bemol, apasionado, Amorosa, Ahí viene el chino, Al fin te vi, ¿Por qué te vas?, Mientras yo comía maullaba el gato, Amorosa,
Los minstrels, No hables más, Dame tu amor, Vals en Re bemol, La 32, Mis
tristezas, Muñequita, Burlesca y Music Box. Y finalmente, inlcuye un
arreglo del mismo Lecuona sobre La
paloma, de Yradier.
Incorporo
esta información del disco sin saber si estará todavía en el mercado --de
cuerdo al año en que fue editado--; pero como constancia de la existencia de un
importante compendio de la herencia musical de uno de los grandes compositores
de la Isla.
Otro
logro de la excelente soprano Carole Farley, cantando selecciones "descubiertas
por ella" de Ernesto Lecuona , el compositor cubano más reconocido
en todo el mundo
Por
Luis Felipe Marsáns
Si
bien la soprano estadounidense Carole Farley se distinguió en sus reiteradas
presentaciones de hace una década
en Miami cantando obras tan vanguardistas como "El Teléfono", y
"La Medium", de Menotti; su inclinación de ahora a la búsqueda y
ejecución de canciones del cubano
Ernesto Lecuona --muchas de ellas, desconocidas--, la muestran otra vez
como una artista que, aún en pleno dominio del género operístico tradicional,
no vacila en adentrarse en nuevos derroteros, para hacer llegar al público,
junto a la grandeza de su arte, el genio de los compositores más
modernos.
Así
ha surgido "Canciones de Ernesto Lecuona", en un disco compacto de
nueva realización, que alcanza la calle en estos días, editado por la casa BIS,
conteniendo una amplia selección
de canciones románticas del autor
cubano, las que no sólo Carole interpreta en su fino estilo, sino que
constituye una colección reunida por ella misma, después de una ardua labor
investigativa de mucho tiempo, que la sumió en sótanos de compañías editoras
neoyorquinas, "que ni se imaginaban que tenían este material inédito".
"La
mayoría de estas canciones estaban completamente olvidadas", dijo la
soprano, tras la presentación del
disco, que fue grabado con el acompañamiento del pianista
británico John Constable.
La soprano, cuya larga trayectoria la ha llevado a interpretar las óperas de
los autores europeos en los principales escenarios del mundo --incluyendo el
"Metropolitan Opera House", de Nueva York--, dijo también que hacer
el disco con las obras de Lecuona, le “ha producido una gran satisfacción,
porque se trata de bellísimas piezas cuyas melodías halagan la voz".
La
producción disquera incluye lo que tal vez sea
más conocido y admirado del compositor cubano --"La Comparsa",
que fue editada en 1913--, pieza en
la que el creador cubano plantea una sublime concepción de la danza de
concierto, "rememorando la ceremonia original de La Comparsa del Día de
Reyes, una de las más antiguas "actividades laicas llevadas a cabo por los
negros esclavos durante la dominación colonial española".
Adicionalmente,
la producción discográfica abarca unos 24 títulos más, como "En una
noche así", Siempre en mi corazón",
"Un amor vendré", "Cómo
presiento", "Allá, en la Sierra", "Dame de tus rosas",
"Devuélveme el corazón", "No es por ti", "Mira",
"No me mires ni me hables" y "Canción del amor triste",
entre otras selecciones. Según el testimonio de la cantante, "varias de
las piezas habían sido editadas, pero nunca distribuidas", así como otras
--afirmó-- "se mantenían aún en sus manuscritos y eran piezas
desconocidas".
En
su explicación acerca de cuán atraída siempre ella se ha sentido por la música
del compositor cubano, la soprano expresó que "la estética de Lecuona en
sus canciones estuvo condicionada por un profundo sentido de lo popular,
cultivado a través de géneros, formas musicales y medios expresivos propios de
la música cubana e internacional,
combinados de manera muy creadora y personal, a través de estructuras
elaboradas y enriquecidas, que hicieron que su obra fuera única".
Obra
inédita de Ernesto Lecuona en un valioso disco compacto editado en España,
Ulisis Aquino y la RTV
Otro disco compacto editado en España con
la voz del exiliado barítono cubano,
Ulises Aquino, cantando con la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión
Española --donde él interpreta
obras de Ernesto Lecuona--, llegó a los primeros lugares de audiencia en aquel
país, durante la fecha en que escribí originalmente este review.
"La idea de la grabación surgió a la luz del centenario del natalicio del
gran maestro de la música cubana, en forma de homenaje a su memoria y a su
legado musical, dándole a sus composiciones un tratamiento importante, en
arreglos orquestales de Remberto Egles, hijo del que fuera
flautista cubano de música folklórica", dijo Aquino.
Aquino, quien está radicado en Barcelona, ha dicho que, a su manera de ver, lo
más importante de la realización es que incluye la
Plegaria a la Virgen del Cobre, "una
pieza que había permanecido inédita por todos estos años".
Ulises Aquino lleva alrededor de
diez años viviendo en España, donde viajó directamente desde Cuba para pedir
asilo, en ocasión de un concierto. Desde entonces, él "se
abrió camino" cantando
en las temporadas de zarzuelas de España, y en festivales de música.
Por otra parte, el compacto de Lecuona a que me he referidos --titulado
Recordar--,
tiene también la participación del maestro Enrique García Asensio, como
director orquestal, y la peculiaridad de haber sido grabado en el
Teatro Monumental, de
Madrid.
Las composiciones de Lecuona que recoge la grabación son
Devuélveme el corazón, Siboney, No es por ti, Te he visto pasar,
Damisela encantadora, Te ve vas, juventud, y Celos, entre otras, además de
la Plegaria
a la Virgen de la Caridad del Cobre.
Aprovecho la oportunidad para
comentar la edición de un disco,
también muy importante, de la soprano internacional, de Miami, Rosa Vento,
dedicado por entero a la música de Lecuona y Sindo Garay, con la sola excepción
de Habanera, Tú, de Sánchez de
Fuente.
Como se sabe, Rosa Vento proviene de una prestigiosa familia cubano-americana,
y, una vez graduada en la Universidad
de Miami y en instituciones musicales de Nueva York, ha cantado en
diversas plazas culturales de Estados Unidos y de Europa, tanto interpretando óperas
como operetas; y en varias ocasiones ha formado parte del elenco de compañías
de óperas muy importantes.
Apuntes
sobre programas del pasado
La
Filarmónica de la Florida "tocando en la playa"
Por
Luis Felipe Marsáns
El
estreno de la presente temporada de la Florida Philharmonic en
el santuario acústico que tiene la New World Symphony en el "Teatro
Lincoln", de Miami Beach, el pasado miércoles, día 23 del corriente
octubre del año 2002,
fue un verdadero logro, no tanto por la cantidad de público asistente --que
era escasa, probablemente por la poca costumbre--, sino por lo exuberancia del
programa, dirigido por el maestro invitado Rumon Gamba, estando como solista la
violonchelista Amanda Forsth, a quien correspondió la ejecución del concierto
escrito por Elgar para su instrumento.
El
maestro Gamba, de por sí, fue un elemento emocionante de la velada entera, no sólo
por sus grandes dotes para dirigir la orquesta, sino, además, porque lo hizo
con increíble pasión y virtuosismo, dominando los tiempos e impartiéndole a
los miembros del ensamble un extraordinario vigor y dinamismo.
En
la Obertura del Festival Académico, de Johannes Brahms --que abrió el programa--,
Gamba demostró enseguida su capacidad para adentrarse en cada sección de la
orquesta y dominarla; y aunque en el primer planteamiento del tema, las
trompetas entraron desiguales, la brillantez del cuerpo de violines y el
acoplamiento general de la
filarmónica, demostraron que estábamos en presencia de una de esas
noches en que el flujo de la música era significativamente bueno.
Asimismo,
el director prosiguió la pieza --una de las favoritas del repertorio de este
compositor-- con tanta precisión, que hasta se encimaba sobre los violonchelos
desde el pódium, en su reclamo de una mayor expresividad y aumento de la dinámica,
poco antes de que, en el final, la percusión contribuyera a terminarla
gloriosamente, con el aporte del bombo y del platillo.
Sir
Edward Elgar, uno de los compositores más importantes de Inglaterra,
daría la oportunidad de lucirse, en su "Concierto para Violonchelo
y Orquesta", en tres movimientos, no
solamente al director --que propició igualmente
un acompañamiento excelente--, sino,
particularmente, a la solista, Amanda Forsyth, muy madura en la ejecución, que fascinaba por su
entrega romántica y de profunda expresividad melancólica, lo mismo en
la entonación de los pasajes melódicos, que en su adiestramiento técnico, en
los pasajes formados por pizzicatos y en los
trémolos.
Elgar,
quien vivió hasta la primera mitad del Siglo XX, creó un estilo muy personal,
ocasionalmente con carácter nacionalista; pero su música está más cercana al
romanticismo que a las
manifestaciones vanguardistas que habrían de suceder por esa época en otros países.
El
colofón de la velada estuvo en la interpretación del maestro Rumon Gamba
de la "Sinfonía No. 1 (Primavera)", del alemán Robert
Schumann. Realmente, el temperamento de Schumann, que se refleja en toda su música;
como lo entiendo yo, era más místico que de la manera que surgía en esta
versión, llena de vitalidad y resonancia --aunque debo decir que estos valores
aparecieron marcados
en el larghetto--; pero de
cualquier forma, la brillantez y
el carácter vibrante de todas las secciones en el resto de la sinfonía
--especialmente en los metales--, le concedieron una riqueza expresiva
admirable, en el máximo de su dramatismo.
Un
concierto que sonó más cubano que barroco, estando como solista angel romero,
dirigido por manuel Ochoa
Por
Luis Felipe Marsáns
Por
otra parte, la asociación de la "Miami Symphony Orchestra", que
dirige el maestro Manuel Ochoa; y
del "Festival Miami", de la Universidad, dio resultados excepcionales
el sábado, día 19 de octubre, del
mismo año 2002, en el Gusman Concert Hall, del
mismo centro docente, cuando el virtuoso de la guitarra clásica, Ángel Romero
apareció como solista invitado.
Romero,
quien fue condecorado por la Reina Isabel l,
de Inglaterra, en su calidad de artista de gran talento y capacidad para
ejecutar la música de todos los compositores
para su instrumento, colmó aquí las expectativas del público asistente,
tocando la premiere en Estados
Unidos del "Concierto de Málaga", obra de su difunto padre, Celedonio
Romero.
ANGEL ROMERO
MAESTRO MANUEL OCHOA
De
grandilocuencia en su comienzo, concedido a la orquesta en forma de introducción,
la obra es una de las mejores que
he escuchado en su género, porque agrupa a la vez los aires de Málaga, y el rico y rítmico folklore general de España,
elaborados con pasión, hasta un punto que, en el Tercer movimiento, denominado
“Tangos y Tientos” (Allegretto, Largo
y Allegro), el compositor --tanto
como el ejecutante--, creaban una especie de rumba y zapateado, con las manos
sobre la guitarra, y el movimiento del pie derecho contra el piso.
Ángel
Romero demostró una vez más en esta ejecución, el alto dominio que tiene
sobre la guitarra, así como su gran musicalidad, extrayendo las suaves melodías
de una partitura original en cuanto a su contenido, y venciendo las dificultades
de un instrumento tan difícil como es la guitarra.
Por
su parte, la orquesta, bajo la batuta del maestro Ochoa,
apoyó excelentemente cada
uno de los movimientos, y le impartió igualmente a la pieza una calidad española
que fue de gran felicidad para la mayoría de los asistentes que, de una forma u
otra, eran de esa ascendencia.
Pero
el "Concierto Cubano Barroco", para violín, viola y
violonchelo, que abrió el programa --aunque
no tuviera el concurso interpretativo de Romero-- fue algo sumamente especial,
en su premiere mundial, comisionado
por la "Sinfónica de Miami"
para esta ocasión al compositor contemporáneo José Raúl Bernardo, con el
patrocinio de "Pepacton Arts
Center". Tal vez siguiendo un poco el esquema de Villa-Lobos en sus "Bachianas
Brasileiras", el autor logró jugar con aires de la época barroca imponiéndoles admirablemente la temática cubana.
Así
lo comprobamos en el primer movimiento --Preámbulo/toccata--,
con rítmico dramatismo y sensuales melodías, que evocaban también el
romanticismo, sobre todo en el segundo tiempo (Riccercare
d'amore y Nocturno); y en un tema del Scherzo,
que le sigue, en el que la clave marcaba
el ritmo con el acompañamiento de la celesta. Luego vino el inevitable Minuetto,
muy diferente al del género
original que evocaba, pero también de carácter isleño; y el "Airoso
Finale", que fue tratado felizmente.
Kerry
McDermott, en el violín; Richard Fleischman, en la viola, y Dan Petrescu, en el
violonchelo, estuvieron estupendamente
bien en sus interpretaciones solistas --particularmente, la violinista
McDermott--, con excelente acoplamiento entre sí y con la orquesta,
a la que el compositor le impuso también algunas
frases rapsódicas. Pero en la cadenza de los tres, al final de la obra,
los solistas sobresalieron todavía más, por el dominio de sus instrumentos, en
un momento cumbre de la ejecución completa.
Aquí
también hay que citar el acierto del maestro Ochoa en la dirección de
una obra, que por nueva y compleja, era muy difícil, particularmente en su
aspecto concertante con tres solistas distintos, y por los elementos armónicos
que plantea el autor de manera original, incluyendo unos fraseos que tendían a
ser un poco disonantes.
La
velada concluyó con la Sinfonía del
Nuevo Mundo, de Antonin Dvorak, que resonó bien en la sala acústica
universitaria. Su interpretación de conjunto fue muy buena, sólo que la madera
enfrentó algunas dificultades, primero en el oboe, que tuvo que
arreglar la boquilla, mientras que la orquesta esperaba, detenida la música por
el director; y luego por una frase de otro instrumento, que salió totalmente
distorsionada.
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