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ARTE, MUSICA Y CULTURA

Las
otras composiciones
de Rachmaninoff
Por
Luis Felipe Marsáns
Cuando se habla de los conciertos
de piano de Sergei Rachmaninoff, todo el mundo piensa en el altamente melodioso
No. 2, o en el las tremendas
dificultades técnicas, marcado con
el No. 3; porque ambos, por otra
parte, contienen el mejor
legado de la creación del gran compositor de origen ruso, que echó sus mejores
días en América, hasta su muerte, ocurrida en California.
Pero aparte de estas dos piezas
cumbre para piano y orquesta (sin adentrarnos en su no menos importante obra
sinfónica), Rachmaninoff dejó otros dos conciertos, que
mucha gente ni siquiera conoce o ha escuchado nunca porque son raramente
ejecutadas en conciertos; primero porque ninguna
de ellas puede competir con las citadas anteriormente, y luego porque siendo así,
las compañías disqueras –o tal
vez los mismos pianistas-- no les han puesto mucho caso tradicionalmente.
Sin embargo, ha habido grandes solistas –como Leonard Penario--, que no se han
dejado llevar por esas tendencias, y han dejado a la posteridad, grabaciones que
son atesoradas por los diletantes, por su fina ejecución y el singular interés
a la hora de conformar su colección particular de discos, lo más completa
posible en lo que respecta al repertorio, en este caso incluyéndole los
conciertos número 1 y 4 de Rachmaninoff.
Además, fuera del
factor comparativo --pues cada pieza musical tiene su encanto propio--, las dos
obras olvidadas a las que me refiero, nos traen a un Rachmaninoff diferente –probablemente
porque influían en él los problemas que atravesó en la época que los compuso;
pero siempre con una emotiva pasión, que era característica del Romanticismo,
como pude apreciar en una velada
del Gusman
Center for the Performing Arts, del downtown
de Miami, cuando Horacio Guitérrez toco el Concieerto número 4, que en mi
opinión, es el menos conocido.

EL COMPOSITOR SERGEI RACHMANINOFF
Horacio, que trascendió como un
virtuoso del piano, luego de haber sido ganador en la Competencia Tchaikovsky,
de un Moscú todavía comunista (a pesar de ser un cubano exiliado), durante la
era de la desaparecida Unión Soviética; se
acercó a la obra con excelente
bravura, sobre todo, enfatizando la melancolía del Largo,
en el tercer movimiento; y el fuego del Allegro
Vivace, del final.
Y ya que estoy recordando semejante presentación, no dejaré fuera de este análisis
crítico –a pesar del tiempo transcurrido-- al maestro invitado a dirigir la
orquesta, Paul Nadler --de marcado temperamento y pulcritud en eso de llevar
bien la dinámica--, quien comenzó el programa con
la obertura de Beatriz y Benedicto,
de Héctor Berlioz, y culminó con la Sinfonía No. 3 (Eroica), de Ludwid van
Beethoven.
En Beethoven, el maestro se lució a raudales, y los miembros de las diferentes
secciones le siguieron con absoluta disciplina, especialmente en la Marcha Fúnebre, del Segundo Movimiento, que emergió con toda su
solemnidad y dolor en el mensaje.
Asimismo, el Scherzo, que tiene todo
el singular dinamismo de las sinfonías beethovenianas, llenó su cometido con
su alegría saltarina; tanto como
el Allegro Molto puso fin a la
interpretación orquestal, espléndidamente.
Y aunque en un momento de la sinfonía se pudo escuchar un desacuerdo en la
sección de las trompas, la ejecución completa fue de las mejores, con
grandiosidad expresivas en sus últimos compases, que el público asistente
saludó con grandes aplausos.
Apuntes
sobre la ópera “Salomé”, de Ricardo Strauss
Por
Luis Felipe Marsáns
En
los primeros años del Siglo XX, la
ópera "Salomé" mereció el repudio del público
en general, tanto como
ocurrió anteriormente con la versión teatral de Óscar Wilde (prohibida en
varios países), por ser
consideradas ambas como muy sensual, intolerante,
erótica y decadente; pero la audiencia de nuestros días ha aprendido a
admirar esta obra maestra del teatro lírico, no sólo aunándose al
atrevimiento mismo que conlleva esta nueva etapa de la historia, sino
aprendiendo a apreciar la voluptuosidad de la danza, y el genio de un músico
como fue Ricardo Strauss, capaz de juguetear con la orquesta moderna
incorporándole --demás del leitdmotive
que caracterizó a Wagner-- un sensacional lenguaje armónico, donde se debaten
tortuosas melodías y el reiterado
impulso rítmico, que aumenta la fuerza del mensaje.
El
episodio bíblico de Salomé
(al que se refieren los dos libros del Nuevo Testamento, aunque sin mencionarla
por nombre) fue llevado al teatro,
en 1905, por
el escritor inglés Óscar
Wilde; pero el músico alemán
Ricardo Strauss --otro genio del siglo XX--,
concibió la historia de distinta manera, como un drama musical que,
respondiendo a la misma temática, pone igualmente un atrevido énfasis a
las aberraciones de la Princesa de Judea, en su
fatal atracción sobre San
Juan Bautista Jokanaán,
como aparece, personificado por artistas del
canto que han sobresalido, haciendo
sus profecías sobre la llegada de "El Mesías", en el inicio de la
escenificación.
Pero
Salomé –que es un
papel que ha encarnado admirablemente
sopranos de todas las épocas--, requiere grandes dotes, tanto en el canto como
en la actuación escénica--, porque lejos de importarle la prédica del profeta,
pone de manifiesto una pasión
sexual enfermiza por él, pidiéndole que le deje tocar su cuerpo, semidesnudo,
y hasta le ruegua que la bese en
sus labios.
La negativa del Bautista
exacerba a la hija de Herodías e
hijastra de Erodes,
que dispone que el profeta sea internado nuevamente en el calabozo de donde lo
sacaron, que es logrado en cualquiera buena
producción, con la ayuda de una adecuada escenografía.
Pero
la negativa del Bautista
a acceder a las pretensiones de Salomé,
se convierte, más que en un gran disgusto por aparte de ella,
en un profundo odio que, de forma truculenta, llega a ser la perdición
del profeta. En el desarrollo de la trama completa, siguiendo el libreto de
Wilde, que es basado en el episodio bíblico;
Salomé recibe la promesa de Herodes
--quien pese a estar casado con su madre, admiraba la sensualidad de la
Princesa--, que si bailaba para él, se lo compensaría "a cualquier precio";
sin escatimar nada, pero ella, al aceptarlo, no precisó en ningún momento la
naturaleza del premio.
Sin
entrar en otras alternativas de la obra --para dejarle al público algo que
imaginarse--, pasemos directamente a la famosa "Danza de los siete velos”, en la que Salomé, que ella inicia con toda suerte en sus sensuales
movimientos –acompañada por la genial
musica de Ricardo Strauss--, y con
abundantes semidesnudos, una veces reales y otras, fingidos, como cuando la intérprete
deja al descubierto el pecho, que en realidad está cubierto por una fina malla.
La Danza, que en una ópera del clasicismo la llamaríamos el el ballet,
es usualmente adornada por
un pequeño conjunto de jóvenes, que hace
movimientos similarmente sensuales a
los de Salomé.
El
desenlace sorprendente de la trama
llega cuando Salomé, que nunca había nombrado cuál sería la recompensa que
ella quería, reclama "en una bandeja de plata la cabeza del
Bautista"; a lo que Herodes comienza
por negarse, ofreciéndole a ella recompensas alternativas, como joyas y piedras
preciosas "que nadie, ni tu madre, ha visto". Pero Salomé insiste en que sólo quiere "la cabeza del
Bautista", macabra idea que, en las escrituras, parece provenir de la madre,
Herodías, papel concedido a una
mezo-soprano.
Por
otra parte, Herodes requiere el trabajo de un buen tenor dramático, de voz
convincente parta impartirle jerarquía al papel, al igual que grandes
facultades histriónicas, en la misma línea de requerimientos artísticos. Además,
el donaire para hacer un logro de la escena en que se desploma, al ver que ya no
puede impedir la muerte del profeta.
Pero
a mi manera de ver --fuera de la composición de
Strauss, creada sobre la base de una nueva escuela para la música de
conciertos--, el mayor dramatismo de esta producción
llega cuando Salomé recibe la bandeja
con la cabeza del Bautista. En ese momento, ella le expresa con palabras su
desprecio al no querer besarla y le dice, como si aquél pudiera escucharla: "no
quisiste besar mis labios, y ahora yo puedo besar los tuyos”.
Sin
embargo, la enfermiza princesa admite que, muerto el
Bautista, ella no puede sentir ya su atracción, “ni disfrutar de la
mirada de sus ojos” cerrados.
"...la muerte... la muerte es amor o el amor es la muerte...",
musita. Te tengo, y ya no te tengo...", agrega, al tiempo que levanta la
cabeza por sus cabellos, mientras que la sangre del Bautista comienza a teñir
de rojo su rostro, sus manos y su vestuario.
Así
concluye la vida de Juan Bautista
en la ópera de Strauss, con el libreto de Óscar Wilde; pero en el mismo
drama, Salomé
habría de terminar similarmente. Al igual que el verdugo levantó su
espada para decapitar al predicador,
Herodes se le acerca a
la Princesa de Judea, cuchillo en mano, y, gritando,
"esta mujer está loca y debe
morir”, se lo encaja
repetidas veces en el pecho.
Una versión de "Norma" en concierto como para recordar
Luis Felipe Marsáns
La "Asociación de Conciertos de la Florida" --dentro de su Serie Prestige--, se lució ampliamente el sábado 14 de eneri del 2004, en el Jackie Gleason Theater of the Performing Arts, de Miami Beach, al presentar una espléndida versión de la ópera "Norma", de Bellini, en la que la soprano María Guleghina, hizo gala de excepcionales condiciones vocales.
La ópera, en versión de concierto, sin escenografía, actuación dramática ni el vestuario propio, resulta siempre un poco tediosa con relación a la que se pone en escena con todos sus atributos, pero tiene, por otra parte, el gran atractivo de permitir una mejor apreciación de los valores artísticas del elenco y la calidad de sus voces; además de permitir un disfrute más amplio de la partitura, tocada por una orquesta sinfónica grande, como la que logró ensamblarse en esta oportunidad, bajo la batuta del maestro Roberto Rizzi Brignoli, quien realizó un trabajo sobresaliente desde el pódium.
Pero no fue sólo la Guleghina quien descolló en el papel del título, con elegancia, magnífica entonación y dramatismo. La joven mezzo-soprano Kater Aldrich, como Adalgisa, mostró también un alto nivel interpretativo, por la extrema calidad y entonación de su voz, además de la postura que observó a través de la ejecución completa, ayudada por su belleza física y ardiente juventud. En ese mismo rango, el joven bajo Alexander Vinogradov cumplió cabalmente con su actuación en el papel de Oroveso, por su buen manejo de la línea melódica y el agradable color de su voz.
Y el tenor, Salvatore Licitra, quien encarnó a Pollione, demostró igualmente grandes condiciones para el carácter, y una potente facilidad para cantarlo, quedando a igual altura de la prima-donna de la noche. Por la naturaleza de sus caracteres, el también tenor Brian Anderson (Flavio), y la mezzo-soprano Tamara Mesic (Clotilde), tuvieron menos exposición al público dentro de una trama que no los beneficiaba tanto como a los otros, pero ambos demostraron también tener muy buenas condiciones artísticas y vocales para esta joya del bel canto, de gran envergadura dentro del repertorio de su época.
Y no podría, por supuesto, dejar de mencionar el trabajo fecundo de la veterana Mignon Dunn, de maravillosas condiciones como soprano, y especial elegancia para la dramatización, quien en esta oportunidad estuvo como directora de escena, que aún cuando la obra no era actuada, se requiere en el elenco. Nativa de Memphis, la Dunn tiene una larga carrera en el campo operístico, habiendo trabajado con las principales compañías del mundo. Dunn cantó hace años en Miami, en otra versión de concierto, "El Trovador".
Deliberadamente dejé para el final, con el objeto de alabar su actuación, al "Coro de la Florida International University", dirigido por John Augenblick, porque el asunto no sólo fue que sus integrantes cantaron admirablemente, sino también el hecho de que sus voces llenaron a raudales el teatro de la playa, siendo la intervención coral en esta obra de gran extensión, a lo largo de la trama
entera.
La muerte
de Marta Pérez sella la leyenda de “La Diva de Cuba”
Durante el último medio
siglo, hasta su reciente fallecimiento, el apelativo de “La Diva de Cuba”
acompañó al nombre de Marta Pérez, cantante lírica por excelencia, que admiró
a todos en los escenarios de su nativa Cuba y de otros países, entonando por
doquier óperas y zarzuelas, así como canciones clásicas de la Cuba de ayer.
Sin embargo, muchos, por razones de edad, no
tuvieron la oportunidad de conocerla en su plenitud, cuando era presentada en
los programas radiales y televisivos de CMQ, de La Habana, llena
de belleza y arrogancia artística.
Como cuando hizo una creación única de “Cecilia Valdés” –papel que llegó
a caracterizarla desde el principio--, y estuvo en conciertos y grabaciones con
el mismo Gonzalo Roig, su autor; y con Ernesto Lecuona. Marta debutó en el
Teatro de La Escala de Milán, y llevó a Nueva York en total éxito la zarzuela
que fue su sello, por segunda vez con el maestro Alfredo Munar, como director.
Pero probablemente, su mayor legado, ya en el exilio, haya sido la fundación,
junto a la empresaria Pili de la Rosa, de la “Sociedad Pro Arte Grateli”,
que revivió y divulgó en Miami, desde su instauración, la historia de la
zarzuela cubana y de la española, con presentaciones que tuvieron toda la
dignidad de ese género lírico, cantando ella misma, al principio los
principales roles. No tan sólo como artista, contribuyó también junto a Pili
de la Rosa a la formación y desarrollo de cantantes noveles, que encontraron en
Grateli, gracias a ellas dos, la posibilidad de abrirse paso en una carrera tan
difícil, y un futuro para sus actuaciones.
El pueblo cubano de Miami --el exilio--, y quienes sólo eran amantes del arte lírico
y de la canción fina y romántica, lloraron a Marta Pérez y la recordarán
siempre, por lo que ella significó para el arte vocal en sus diferentes niveles,
y por su afabilidad y cariño hacia el prójimo. (Marta Pérez nació en La
Habana, el día 2 de agosto, de 1924; y falleció en Miami, el 19 de agosto del
año 2009).
FOTO DE MARTA PEREZ, LA DIVA DE CUBA, EN SU PLENITUD
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