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Evocando algunos acontecimientos musicales del pasado en los conciertos de
Miami
Lerner tocó otra música diferente, pero buena
Por
Luis Felipe Marsáns
Uno
de los recitales de piano más
originales, y novedosos en cuanto a su repertorio, fue ofrecido un sábado
de octubre, del 2003, en el Teatro Lincoln, de Miami Beach, por el artista
estadounidense Bennett
Lerner, radicado a la sazón en Tailandia, pero perteneciente a una
prominenete familia de este país, mayormente establecida
en Miami y el sur de la Florida.
El
programa interpretado por él en esta ocasión, complació con creces a la
audiencia, no sólo por que estaba integrado por composiciones de maestros
como Aaron Copland , sino por la obra de un grupo de autores
de música clásica su época, que llegaron al corazón y llenaron
los sentidos por la calidad de su música, nacida de patrones diferentes
de aquéllos que caracterizaron al romanticismo.
Lerner,
por su parte, le impuso a cada una de las interpretaciones un marcado
virtuosismo, con maestría y dominio de la dinámica y de los tiempos,
sobre todo en obras que se ajustan a diferentes concepciones armónicas,
en muchos casos, con elementos disonantes, que si bien caracterizan a
muchos compositores del Siglo XX, son difíciles de atacar en el
instrumento para que suenen lógica y
agradablemente al oído.
Titulada
"Música de mis amigos", la velada, además, tuvo el valor
personal de estar llena de partituras escritas especialmente para el
pianista por un grupo de autores vivientes, lo que le dio al programa
frescura y una especial vigencia, cargado con piezas que uno no oye con
regularidad --y, a veces, ni conoce--; pero que representan un mensaje
nuevo, independientemente del caso de Copland, el más viejo de
todos, ya desaparecido.
Fallecido
en 1990, el citado autor es un icono en el panorama de la música de
concierto estadounidense de 1900; y todo lo que podamos decir sobre sus
composiciones resultaría pálido ante la realidad de su gran genio, que
abarcó no sólo lo más grandioso de las posibilidades orquestales; sino
incluso una variedad de temas de carácter folklóricos como fueron
"El Salón de México"; y el "Danzón Cubano", que
escribió durante una visita a la Isla, impresionado como quedó por su
cadencia y elegancia, según me dijo en una entrevista que le hice a
finales de la década de 1970, cuando vino a dirigir en Miami.
El
lenguaje musical de Copland, que en las piezas que cité anteriormente,
llevaba los temas populares a las mayores exigencias de la música clásica
--valga decir, romántica por la era--; se traslució de igual forma en
"Midday Thoughts, interpretada por Benett Lerner con mesura; tanto
como en sus Variaciones on a Shaker Melody, de Appalachian Spring, que, en
arreglo del mismo Lerner para dos pianos (el segundo fue Howard Herring),
sonó extraordinariamente
bien, resaltando su belleza propia.
Recollection,
escrita en 1959 por el también fallecido Robert Helps, fue otra de las
aportaciones más notables de Lerner a este programa, en cuyos tres número
(En memoria, Interludio y Epílogo), el artista demostró su especial
sensibilidad y pasión por estas música, dibujada por él sobre el
teclado, en sus tres partes.
Con
maestría técnica y evidente devoción, Lerner tocó luego
un "Poema", de Tison Street, estrenado por el mismo en
1990, que el autor se lo escribió a su padre, en ocasión de su octogésimo
cumpleaños. El señor Lerner, por cierto, se encontraba allí, esta
vez celebrando
su cumpleaños 93. La obra, por cierto, tenía un delicioso
contenido melódico, interpretada
cadenciosamente.
En
"Three Minds", de Narong Frangharoen, Lerner aprovechó sus
grandes sonoridades para transmitir un sentimiento más rudo que
el sentimentaloide de Tailandia; pero esa
característica de la obra, la hizo original y expresiva. Pero en
el Templo de lo Místico, del mismo autor anterior --en homenaje a
Debussy--, la música fue más suave, en el lenguaje del francés,
transformado por el autor, en contraposición a la forma en que describí
la primera de las dos piezas.
Otras
composiciones que demostraron la versatilidad de Bennett Lerner, en la
segunda parte del programa, fueron el "Tango-Meditación", con
elementos de sensualidad y fuerza expresiva, escrito por Christopher Berg;
y la melancólica transcripción de "Restoration", un poema de
Nabokov, otro de los autores que llenaron este programa.
Simpática,
novedosa y melódica también,
una obra llamada, (digámosla en español) "La habitación"
--con sus distintos componentes, como la cama, una silla y la ventana,
entre otros factores-- fue una de las composiciones que Lerner trajo, sin mucha
trascendencia, pero de contenido feliz.
Y
el Jazzy, de Copland, tomado de su composición "Three Moods",
que data de 1921, coronó este espectáculo musical sin par, al que los
asistentes saludaron con fuertes aplausos, por la facilidad del pianista
para ejecutarlo, y el buen tino de presentar algo nuevo, en lugar de la
acostumbrada repetición de piezas que todo el mundo ama por bellas, pero
que aparecen invariablemente en todos los recitales de piano.
Leon
Fleisher, otra vez tocando a dos
manos
Por
Luis Felipe Marsáns
Para
Leon Fleisher, el haberse inutilizado su mano derecha hace más de 30 años,
representó un infausto
acontecimiento, que truncó su magnitud
de solista del piano en el momento
mismo en que sus grabaciones de los principales conciertos del repertorio
romántico, afloraban
exitosamente en la industria del disco estereofónico, acompañado por la
batuta del legendario George Szell, al frente de la Orquesta de Cleveland.
Eso,
sin contar que sus ejecuciones en vivo con las principales sinfónicas del
país y de fuera se interrumpieron, y que tuvo que cancelar una gira que
estaba preparando, en la que tocaría con varias orquestas de importancia
en Europa.
Así,
los cinco conciertos de piano de Beethoven, el de Robert Schumann y el de
Edward Grieg --hoy
reproducidos en discos compactos-- quedaron como ejemplos de un
virtuosismo absoluto, en el que la musicalidad se aunaba
impresionantemente al grandioso sonido que producían sus manos,
cuando apenas contaba 35 años de edad, tal vez impelido por una vigorosa
constitución física, que transmitía el impulso excepcional a sus
manos, capaces de devorarse las octavas con fortaleza expresiva.
Esa
época, sin embargo, quedó
a un lado (en la década de 1960) cuando un misterioso engarrotamiento de
la mano derecha --que luego se diagnosticó como el síndrome de tensión
repetitiva--, sumió al artista en el limitado repertorio de la mano
izquierda solamente, en el que Ravel fue para Fleisher un exponente
excepcional de lo que todavía podía hacer quien había nacido para
llevar una carrera de gran concertista. Pero el sufrimiento de esta
frustración cualquiera puede imaginárselo, especialmente porque, nacido
en San Francisco, Leon Fleisher era uno de los primeros pianistas
estadounidenses en proyectarse al mundo de la cultura europea, ganando la
Competencia Internacional de la
Reina Isabel, de Bélgica.
Pero
la carrera de Fleisher continuó sumando éxitos. Sus conciertos para la
mano izquierda, con música de Ravel, Britten y Prokofiev, se convirtieron
en ejemplares ejecuciones de sus presentaciones, mientras que,
paralelamente, la dirección orquestal, a la que se dedicó también, daba
grandes frutos, particularmente cuando, en 1970,
se convirtió en director permanente de la Sinfónica de Anápolis,
y luego en director asociado de la Sinfónica de Baltimore.
Pero
un lunes de febrero de 1998, en el Gusman Center, del downtown de Miami,
Leon Fleisher dejó asombrada a la audiencia, interpretando, por primera
vez en casi cuarenta años, el Concierto No. 1 de Johannes Brahms, con
bravura y pasión. Y aunque algunos pasajes tenían notas evidentemente
fuera de lugar --en una composición llena de trinos y complicaciones técnicas--,
el triunfo que significaba este regreso para el artista es obvio, al
cumplir (entonces) los 70 años de edad.
Su
extrema musicalidad y grandes sonoridades, tocando el instrumento con la
fuerza que lo caracterizó siempre, estuvieron por arriba de las
incertidumbres del primer movimiento --en parte motivadas por un lógico
estado de nerviosidad que uno supone--, porque en ese Fleisher de entonces,
lo que importaba era su
triunfo sobre la adversidad y la interpretación de conjunto, felizmente lírica
y emocionante.
Artistas
de este calibre son increíblemente durables, debido a su devoción por la
música y su instrumento; y también porque, en el caso específico de
Fleisher, a pesar de las adversidades, él
practica diariamente entre seis y siete horas, "que es mucho
para su edad", según dijo su propio hijo, cuando conversamos con él
en el teatro, terminada la ejecución.
“Claro
que todo ésto no ha sido fácil. En la década de 1980, Leon Fleisher
hizo su primer intento de volver al repertorio normal del piano,
pero el resultado no lo satisfizo como para continuar", agregó
su hijo. Pero en 1995, lo que
parecía un sueño irrealizable comenzó a hacerse realidad, gracias a la
práctica constante y al empleo de una nueva técnica de tocar, mediante
la cual, la mano derecha, afectada, se posaba sobre el teclado con más
relajamiento, alto el codo, como lo hacía Claudio Arrau. DE ahí en lo
adelante, pues, ¡Leon Fleisher, volvió a empinarsese
otra vez como el triunfador!.
El
concierto de la Florida Philharmonic de que hablo en este trabajo, llegó
a su término con una deliciosa
interpretación de
"Así habla Zarathustra",
de Ricardo Strauss --sobre un texto de Nietzsche--, donde el director
invitado, Derrick Inouye,
realizó igualmente una labor
encomiable, con dominio de la partitura --en interpretación y entrega por
igual--, tan brillantemente como supo ofrecerle el acompañamiento
adecuado al pianista.
Para
agregar algo más específico, yo diría que Había dramatismo en la
exposición de los temas y transparencia en los metales, que priman en
esta partitura; pero además una contribución acertada del cuerrpo de
primeros violines, incisivos en el desarrollo de los temas, así como
precisión en el manejo de los temas confiados a la madera; y bravura en
la ejecución del timpanista, instrumento que Strauss usa con granb
demanda y maestría en muchas de sus obras, especialmente en ésta.
(Febrero,
1998).
La
contribución de Van Cliburn a la formación de pianistas jóvenes
Por
Luis Felipe Marsáns
Para
quienes hayan seguido, paso a paso, la carrera del virtuoso pianista
estadounidense Van Cliburn, sus logros en el terreno de la interpretación
tienen que traerles recuerdos muy gratos, especialmente cuando, en plena
Guerra Fría entre Oriente y Occidente, él fue a Moscú para conquistar
--en un hecho sin precedentes-- la Medalla de Oro de la "Competencia
Tchaikovsky", que por lo regular, recaía en artistas del entonces
bloque soviético.
Van
Cliburn, pues, conquistó con su arte a la élite del régimen que
encabezaba Nikita Kruschev, y pasó a ser, de un pianista americano más,
una especie de ídolo en tierra enemiga. Los que no recuerden este
episodio, podrán imaginarse el recibimiento de que fue objeto el
artista a su llegada a New York, comparable con el que le
hicieron a John Gleen, cuando circunvaló la tierra en una nave
espacial; o a los desfiles
de que han sido
objeto los peloteros del equipo los “New York Yankee", cuando han
ganado la "Serie
Mundial de Béisbol".

El pianista Van
Cliburn (izquierda) junto a Luis Felipe Marsáns, al finalizar una de
sus presentaciones en Miami.
Sin
embargo, la figura de Cliburn se desvaneció por mucho tiempo,
presa de problemas personales --como ocurrió en una larga época
a Vladimir Horowith--, y no fue hasta hace pocos años que él volvió a
aparecer en los auditorios de todo el país, incluyendo un memorable
programa orquestal en Miami, que patrocinó la Asociación de Conciertos
de la Florida.
Pero
lo que nunca dejó de hacer Van Cliburn fue preocuparse por
los talentos jóvenes. A través de la Competencia Internacional
que lleva su nombre, el excepcional pianista ha ido contribuyendo a la
selección de nuevos valores del piano, en una justa que se celebra
regularmente en Texas,
donde él creció, escogiendo --para lanzarlos a la vida profesional-- a
los intérpretes más sobresalientes de todo el mundo.
Y
de eso quiero escribir hoy, a la luz de un programa de televisión que
fue presentado por la cadena de educacional, PBS, grabado en video tape
durante una de las últimas competencias Van Cliburn, de Dallas/Forth,
que ilustra sobre cómo fueron sus actividades con lujo de detalles,
mucho más allá de los resultados, parciales y finales.
En
el programa, titulado "Playing with Fire" (Tocando con fuego),
que fue patrocinado por la Corporación Tandy --la misma
que auspició la Competencia, en su décima edición--, la
teleaudiencia tuvo la
oportunidad de escuchar y ver a los participantes y ganadores en el
espacio de tiempo de hora y media, incluyendo
los actos de entrega de premios.
Playing
with Fire, que recoge los propios comentarios de Van Cliburn, y sus
conversaciones con los 35 pianista participante, miembros del jurado, la
crítica y la audiencia en general, ofreció, además,
los momentos más interesantes de la competencia, en tomas filmadas
durante los ensayos, estando en este segmento el Cuarteto de Cuerdas de
Tokyo y el maestro James Conlon, quien en un tiempo fuera director
principal invitado de la Filarmónica de Miami.
(Agosto
de 1997)
Manfugas:
virtuosa cubana del piano
Por
Luis Felipe Marsáns
Si
usted no ha escuchado a Zenaida Manfugás tocando la
transcripción para piano de Franz
Liszt de la Sinfonía Eroica, de Beethoven, se ha perdido algo
verdaderamente extraordinario --como he podido comprobar en sus
presentaciones de Miami, particularmente de una en el año de 1995--;
por lo que le recomiendo que no se
lo pierda, en
la primera oportunidad
de que se le presente, en vivo o en disco.
La
intérprete, que ha venido a tocar a Miami frecuentemente --desde New
Jersey, donde vive-- en tantas ocasiones que no podría enumerarlas con
propiedad, lo mismo nos
ofrece un programa totalmente clásico, que aquellos en que ha mezclado
música de distintos períodos y estilos, llegando hasta lo popular y,
fundamentalmente, lo cubano, con música de Lecuona y con danzones que,
en sus manos, adquieren en el teclado una categoría todavía mayor.
La
carrera de Zenaida Manfugás es una verdadera inspiración. No sólo
triunfó durante sus años en Cuba, siendo una consagrada artista del
piano clásico que acometía las obras de los compositores más difíciles,
sino que luego viajó por el mundo, llevando
a diferentes públicos el mensaje musical de todas las épocas,
interpretado con precisión, dramatismo, y, lo que es más importante,
un asombroso dominio de la técnica instrumental y con singular memoria.
Su
ejecución de hace unos años con la Orquesta Sinfónica de la
Universidad de Miami, del raramente escuchado Concierto No. 3 de
Tchaikovsky –que fue unn deleite por su virtuosismo--, y sus
apariciones con la New Word Symphony --además de otras con la Sinfónica
de Miami, dirigida por Manuel Ochoa--, han dado muestras de la
trascendencia interpretativa de Zenaida Manfugás en todos los órdenes,
lo mismo en el campo del recital que del concierto.
Pero,
además, la Manfugás ha sobresalido siempre por su devoción hacia
las creaciones de los compositores cubanos, que incorpora sistemáticamente
a sus programas, para el deleite de los exiliados, y la admiración
del público estadounidense, que en algunos casos, no conocía esta rica
música, llena de de bellos
temas.
Temas
que ella ha llevado también a la grabación de estudio, y que pueden
adquirirse en los casetes que
llevan su nombre de título, como es el número ZM0056, que contiene, de
Ernesto Lecuona, Canto Guajiro,
Ante el Escorial, San Francisco, El Grande la
Suite Diario de un Niño (completa); y West
Indian Dance, de Gottschalk; la Polichinela,
de Villa-Lobos; y Mi canto eres tú,
de Jorge Anckermann. El álbum incluye también los danzones Fefita,
La mora, El pescado, Meditación, Isora, Tres lindas cubanas,
Felicidades y El cadete
constitucional.
Por
otra parte, Zenaida Manfugás rinde
tributo al maestro Lecuona en su casete ZM003C, que abarca la Suite
Española: Córdoba,
Andalucía, Alhambra, Gitanerías, Guadalquivir y
Malagueña; además de Ahí
viene el chino, Crisantemo y Encantamiento,
en lo que constituye otro álbum digno del coleccionista y,
particularmente, del cubano.
Freire
tocó un excelente programa en la Universidad
Por
Luis Felipe Marsáns
En
su primer concierto de la temporada actual --el lunes pasado, en el Gusman
Concert Hall, de la Universidad
de Miami-- la Miami Chamber Symphony
ofreció un singular programa que, por su excelencia,
tuvo que haber complacido todos los gustos, o ... casi todos,
porque cada vez va extrañándose más la ausencia de una sinfonía en la
programación, capítulo que aunque estuviera limitado a los
compositores clásicos --por el reducido tamaño de la orquesta--,
concuerda con la naturaleza
propia de una velada así.
Sin
embargo, el director Burton Dines, distrajo esta falta
trayendo como solista invitado al brasileño Nelson Freire,
pianista que ha sobresalido a lo largo de tres décadas por su
interpretación virtuosa, tanto de los clásicos y románticos como de los
contemporáneos también; y que en esta noche estuvo a su acostumbrada
altura, lo mismo en el concierto No. 9 de Mazart --que ejecutó con mesura
y entrega emocional--, que en el de Robert Schumann, donde hizo gala de
todas sus facultades técnica y artísticas.
El
concierto comenzó con la Obertura Coriolano, de Beethoven, que sonó bien
en sentido general, bajo el comando certero del maestro Dines --brillante
en los violines y espaciosa en los pasajes melódicos de la madera--; pero
en el concierto de Schumann, hubo pasajes de la orquesta en el primer
movimiento, que fueron ocasionalmente altos, tal vez por el esfuerzo de
acentuar el dramatismo de los clímax, en una orquesta que, aún siendo
pequeña, sobresale por sus emisiones agudas,
en el super acústico auditorio universitario.
En
general, el programa mantuvo una calidad general muy elevada, no sólo por
la presencia de Freire --quien constituye un espectáculo por si solo--,
sino también porque el conjunto local --que entonces era el más antiguo
de Miami-- siempre le concede un toque de virtuosismo y buen gusto a sus
programaciones, al comando del maestro Burton Dines.
Brilló
la Sonnemberg en el Concierto de Félix Mendelssonh Bartholdy
Por
Luis Felipe Marsáns
La interpretación que hiciera el pasado sábado (día 15 de diciembre del
2001) la violinista Nadja Salerno-Sonnenberg del Concierto en Mi menor de
Mendelssohn --en un programa
de la Florida
Philharmonic, celebrado en el Gusman
Center, del downtown--tuvo un carácter excepcional, no sólo por su
depurada técnica, sino también
por la impetuosidad romántica que primó en todo momento.
Su manejo del arco fue simplemente virtuoso logrando que los matices de
las melodías emergieran con pasión, moderados unas veces, y contundentes
en otros, según era el registro escogido por el compositor.
Por otra parte, la joven concertista puso lo mejor de sí en la entonación
del segundo movimiento, en su melancólica infinita, que requiere el
tratamiento de una virtuosa como es ella; y en la cadenza,
Nadja también se lució, con precisión en cada una de las notas, y
esa emocionante forma de
tocar que le ha dado fama.
Tal vez para algunos, la mayor trascendencia de la interpretación entera
haya sido su tercer movimiento, por su carácter festivo, que rompe con la
melancolía de dos antecesores --que, dicho sea de paso, se tocan ligados,
por disposición del compositor--; pero en una obra de semejante
envergadura, realmente es difícil aceptar semejante
conclusión, ya que Mendelssohn puso aquí lo mejor de su
creatividad, lo mismo en los primeros tiempos que en el último. Y estos
conceptos fueron seguidos por la violinista con impresionante perfección.
Pero si bien es digno de enfatizar la calidad de la Salerno-Sonnemberg en
su aparición del programa del sábado, no es menos importante celebrar el
nivel de ejecución que se
desprendió del pódium, gracias a la presencia, como invitado, del
director Kenneth Jean. El supo acoplar la orquesta de la mejor forma con
la solista, y lograr que las distintas secciones instrumentales sonaran
adecuadamente. Así lo consiguió también en la graciosa obertura "One
for the Money", de Schickeler; y en una obra de Aaron Copland
(Ciudad callada), para cuerdas y trompeta.
Pero la mayor aportación del maestro Kenneth Jean llegó en su
interpretación de la Sinfonía No. 1 de Jean Sibelius. Aquí, el hombre
demostró con creces su dominio sobre el grupo orquestal y su capacidad
para hacerlo sonar espléndidamente, con balance y emotividad, en los
cuatro movimientos más románticos que este autor finlandés haya escrito
en toda su vida, a mi manera de ver.
Aún cuando su Sinfonía No. 2 comienza a darle a toda la música de
Sibelius un carácter altamente original --tanto por el uso de una técnica
orquestal muy suya, mediante un replanteamiento de las armonías en
el conjunto--; es en la sinfonía No. 1 de este autor --que tocó
la orquesta regional en esta oportunidad-- donde sobresale la brillantez
de un neoromanticismo que lleva a la sección de primeros y segundos
violines un mensaje más dulce, que el que parece primar en el resto de
sus sinfonías.
Así, pues, el programa concluyó de esta forma, con la obra sinfónica
que hace despuntar a Sibelius como un significativo compositor orquestal,
con una grandeza conceptual en la que asoma el mensaje triste, melancólico
y ocasionalmente gélido --como su nativo país--, pero siempre lleno de
riqueza expresiva, en el canto singular a lo noble y bello de la
naturaleza y la creación humana.
Virtuoso
Concierto de la Filarmónica de Moscú tocando en Miami
Por
Luis Felipe Marsáns
Hablando
de virtuosismo, la Filarmónica de Moscú, bajo la batuta del mestro
Vassily Sinaisky, ofreció una buena demostración de lo que el término
significa, cuando tocó su concierto del último sábado, en el Dade
County Auditorium, de Miami, durante la inauguración de la Serie
Prestige, de la Asociación de Conciertos que regentea la empresaria Judy
Drucker.
En
el principio, donde Barry Douglas sería el pianista invitado,
tocando el Concierto No. 2 de Johannes Brahms,
realmente, ni solista ni ensamble estuvieron tan sobresaliente como
uno esperaba, más allá de
lo que significa la ocasión de escuchar en vivo a un laureado pianista de
Estados Unidos con una orquesta gigante de Rusia.
Pero
en la segunda parte de la velada, orquesta y director se desdoblaron increíblemente
en la ejecución de una selección de temas de la película Hamlet,
de la inspiración de Dmitri Shostakovich
--uno de los compositores más importantes del Siglo XX--, y de la música
del ballet, "La Bella Durmiente del Bosque", de Pedro
Tchaikovsky.
En
la primera suite, hubo acoplamiento,
uso adecuado de los matices y gran dramatismo en la exposición y
desarollo de los deferentes temas, conforme a la temática de la obra
literaria que le sirve de base, particularmente en el Duelo y Muerte de
Hamlet, al final; pero en la suite de La Bella Durmiente, mucho más larga
en extensión y plena de variedades, colorido y ritmo, concebida como es
para un ballet, fue donde la orquesta creció tremendamente.
La
introducción planteó de momento el tono de la ejecución completa, con
un ataque incisivo y virtuoso a la vez de la sección de violines; tanto
como, luego, el Vals de la Bella Durmiente fue un regalo muy especial, en
su grata interpretación de conjunto.
Pero
valga decir que nada de esto se produce por generación espontánea: es
del director de donde emanan todas estas combinaciones sonoras --en su
control de la dinámica, el acoplamiento y la emoción que él transmite a
la música--, y el maestro Vassily Sinaisky, que estuvo a caro de todo
ello, fue un ejemplo excepcional de facultades para este puesto, señalando
hasta la más mínima entrada y sosteniendo los tiempos de acuerdo a su
propia concepción artística, de una manera que trascendía en
la mímica de su rostro, la poesía que reflejaban sus ojos y los
movimientos de sus manos en cada una de las piezas de la obra,
particularmente, en el grandioso final.
El
caso excepcional del pianista David Helfgott cuando tocó en Miami ,
1997
Por
Luis Felipe Marsáns
Cuando
uno lleva su vida dedicada a la música clásica, y ha tenido la
oportunidad de escuchar en concierto vivo a los más grandes y virtuosos
artistas del mundo --solistas de todos los instrumentos, directores
excepcionales y las más grandes orquestas de todos los continentes--, le
parece que lo ha visto todo ya: pero no fue así.
Un viernes de septiembre, del año 1997, asistí a un espectáculo único,
en el “Dade-County Auditórium”, de Miami, que si bien era
impresionante desde el punto de vista humano, en el
campo puramente musical, conmovía fácilmente, en lo que pudiera
calificarse como un capítulo fuera de lo imaginable, cuando el pianista
australiano David Helfgott interpretaba
un concierto que quedó grabado en los anales de la historia de este lugar.
David, como le llamaron sus más cercanos, representó aquí y donde
quiera que estuvo, el caso psiquiátrico de una persona trastornada por
los abusos que sufrió en su infancia --en medio de su formación como ser
humano y como artista excepcional del piano--, tan singular y humanamente
atractivo, que la cinematografía lo escogió como argumento de la pelcula
Shine, por la que su nombre
trascendido luego mucho más, después de ser premiada por la la Academia.
Pero el músico, que se posesionaba sobre su mente de manera desigual a la
del hombre común --más
cercana a la de la de un niño que la
de un adulto de 49 años que contaba entonces--, representó una verdadera
revelación, demostrando cómo ésta manifestación divina que es el arte,
puede crecer, por arriba de deformaciones del carácter.
Describir su conducta escénica y ademanes físicos no hubiera sido
fácil sin molestar la sensibilidad de alguien, especialmente por
sus movimientos corporales, lo mismo en el piano que
fuera de éste, o como cuando
a la hora de saludar al público, movía sus extremidades
superiores de atrás hacia delante, fuerte y repetidamente, mientras que
se sonreía sin parar, como un niño
que ha hecho una travesura cualquiera.
Sin embargo, esas mismas manos se posaban sobre el teclado con firmeza y
soltura de movimientos, desde que comenzó con la Rapsodia Húngara, No.
2, de Liszt, en cuya ejecución comenzó a verse lo singular de su
comportamiento, no sólo exhalando el aire como si estuviera haciendo una
fuerza muy grande, sino también en su constante conversación con el
piano, que se escuchaba perfectamente en las primeras filas del teatro,
cuando no se percibía a través del movimiento de los labios.
En lo que a la interpretación puramente se refiere, en la
Sonata del Patriarca, del mismo Liszt, Helfgott no sólo manejó
las dificultades técnicas de semejante pieza sin amedrentarse, sino que
le impuso un carácter glorioso, levantando el brazo derecho como en señal
de victoria, mientras que tocaba con la mano izquierda. Otra característica
de Helfgott fue su constante canturreo, unas veces a contrapunto de la
melodía, y otras al unísono con ella.
Sobre la onda de Liszt --que
parecía gustarle sobremanera al artista--, la
Sonata Danté fue
uno de los momentos más afortunados del recital entero, demostrando una
coherencia impresionante, siempre de memoria, aunque ocasionalmente
errático; pero, después de todo, no son muchos los pianistas
normales que no actúan así de vez en cuando. Y en la Rapsodia Húngara
No. 6, volvió a demostrar su dominio instrumental, al final de la
primera parte del programa.
El recital tuvo un final muy feliz al dejarse escuchar David Helfgott en
la Sonata No. 23 (Appassionata), de Beethoven, porque fue ahí donde el
pianista demostró con mayor excelencia su control sobre una obra
larga y de envergadura, tocada con enorme sensibilidad, aunque al
comienzo del segundo
movimiento, le dio un carácter ligeramente sincopado --casí como en el
jazz--, reforzando el cambio de ritmo con el pedal derecho.
Pero el final, tocado igualmente con imaginación, fuera del
convencionalismo de la música escrita,
fue emocionante, por la pasión y cadencia que le impuso.
Y conforme al formato del recital de piano, no faltaron en el
programa varias piezas de "encore",
que incluyeron “Souvenir de Andalucía”, de Gottschalk;
Danza del Fuego, del español Manuel de Falla; y la Danza de las
Espadas, de
Khachaturian; ejecutadas todas con ardor, antes de que el intérprete
estallara de alegría, emocionado por la grandiosa ovación del público
que colmaba el teatro, puesto de pie, en sus dos pisos.
En resumen, yo me atreví, al
final del programa, a
calificar a Helfgott como un virtuoso nato, no sólo por su interpretación,
que ví y oí, sino también porque fue casi
inconcebible que después de pasar por todo lo que perturbó su
vida --y su mente--, todavía
él era capaz de tocar como lo hizo, "Brillantísimo", el nombre
de su disco compacto lanzado
por aquellos días, que, casualmente, contiene algunas de las
piezas del recital, además de otras de distintos compositores,
incluyendo a Rachmaninoff, cuyo Concierto No. 3 (grabado en otro volumen
que también he escuchado), es el ejemplo más elocuente de la calidad de
este pianista australiano,
nacido en Melbourne, en 1947, que salió
de la tutela psiquiátrica en
1984, para triunfar en las salas de conciertos de
todo el mundo, como lo hizo en
Miami.
Las
vinculaciones psiquiáticas con la música clásica, según los analistas
Por
Luis Felipe Marsáns
El
avance de la tecnología moderna en el campo de las grabaciones de música
clásica es algo realmente digno de observarse detenidamente, pero más aún,
de conocer sus posibilidades desde el punto de vista psico terapéutico,
como lo revela al estudiar la vida y obra de Robert Shumann, el doctor
Richard Kogan, un psiquiatra que a la
vez interpreta el piano con marcado virtuosismo. En el primer volumen de
una serie de DVD’s, titulado “Robert Schumann, su vida y su obra”,
el doctor Kogan ha iniciado
una singular exploración utilizando el
maravilloso arte de la música para comprender y sanar –hasta
donde es posible—a aquellos que padecen de trastornos mentales o
desajustes emocionales.
Recuerdo
que cuando yo era niño, me asombraba la posibilidad de escuchar a una
orquesta sinfónica tocando la "Pastoral",
de Beethoven, mediante el primitivo tocadiscos activados por una cuerda.
El disco a que me refería yo, rodaba a 78 revoluciones por minuto, y era
activado en sus vibraciones por la aguja de un fonógrafo, que,
por otra parte, había que estar cambiándola con bastante
continuidad para evitar que ella rayara su superficie, y, al mismo tiempo,
conseguir que sonara lo más adecuadamente posible, dentro de su pobreza
congénita, en comparación a tecnologías más avanzadas.
Los
cambios no se hicieron esperar, y fue en esa evolución donde encontramos
la maravillosa tecnología de nuestros días. Es decir que después del
acetato de 78 revoluciones, llegó el plástico, de 45 revoluciones por
minutos, bastante pequeño en sí, pero agrandado en tamaño por el hueco
central --de manera de impedir que el círculo no llegara a cerrarse tanto
al paso de la aguja--; y con ello, los amplificadores fueron mejorando su
capacidad de reproducir sonidos a un nivel de calidad razonable.
El
gran salto, parecía entonces, el disco de vinilo de larga duración, que
todavía existe, aunque su producción ha ido sucumbiendo con los
adelantos posteriores. Confieso que uno de mis entretenimientos favoritos
es grabar en casetes, piezas raras o únicas, para escucharlas en mi automóvil.
El casete, por cierto, fue algo que vino
a llenar una gran necesidad, ofreciendo la posibilidad de escuchar música
grabada en automóviles, botes y en los primeros equipos personales que
surgieron a la sazón para esos que les gusta ir corriendo por
las calles para bajar de peso, mientras que escuchan su música
favorita.
Coincidentemente
al casete, hubo un sistema llamado de cuatro bandas de rodaje continuo,
convertido luego en ocho bandas,
que también pasaron a la historia, pero llenaron una época muy
buena para los amantes de la música de todo tipo, pues
cualquiera podía escuchar sus piezas favoritas en su automóvil.
Pero
tampoco fue tan simple. Antes de que todo esto ocurriera, surgió, en el
mismo disco de vinilo de larga duración a que me refería antes, con un
diámetro de 12 pulgadas, la
llamada Alta Fidelidad.
Consistía en grabaciones realizadas usando consolas tan avanzadas,
que todavía sus resultados compiten hoy en calidad, mucho más las de
sonido estereofónico, que vino después a añadirle a la sonoridad de la
grabación, la dimensión que ocupaban los diferentes instrumentos en la
escena musical.
Dejando
fuera un primitivo disco RCA de sonido e imagen para películas (eso es ya
otra historia), que fue
descontinuado en poco tiempo, viene en orden
el
“Laserdisc”,
que en su forma resembla al disco de vinilo de larga duración --con la
abertura más grande en el centro--, pero en su exterior es plateado y
tiene grabadas, en ambas caras, el concierto con música e imagen, o la
película, si es el caso, con una calidad de sonido y nitidez de la imagen
tan aparentemente perfectas, que parecía que ahí quedaría todo. Pero
no.
El
mercado se ha transformado completamente otra vez con
la aparición del "DVD",
que ya conocemos ampliamente, como una compacto de tamaño, pero
capaz de agrupar, en ese tamañito, una película completa con
sonido espectacular de cinco canales, una precisión que llega casi a lo
real en su visibilidad; y elementos adicionales, como son historias
secundarias de la filmación, o un segundo o tercer idioma.
Pero
lo que me anima a volver a escribir sobre un tema que he tratado
anteriormente, es la unión de lo artístico, lo técnico y lo
científico, para hacer de lo que comenzó siendo el
entretenimiento sonoro de antaño, desde sus primeros pasos, hasta
alcanzar la brillantez de hoy, parece ser ahora un instrumento curativo
también, como lo plantea el
doctor Richard Kogan, en su doble condición de médico de la mente y de
intérprete musical, a través de su serie “La música y la mente”,.
Tras
ejecutar con sus propias manos las principales obras para piano solo de
Robert Schumann, y analizar lo que ellas
reflejan en los diferentes momentos de la tormentosa vida del
compositor -–que incluso lo llevaron en ocasiones a intentar suicidarse--,
el doctor Kogan afirma que la música es un elemento importante en el
saneamiento de aquellos que
padecen de problemas mentales, y dice que
“como terapista psiquiatra, ha podido comprobar como algunos de
sus pacientes han mejorado notablemente oyendo música”.
“Estoy
seguro de que Schumann trató muchos remedios pero que también había
que tomar en cuenta el hecho de
que en sus tiempos no existía la ayuda de los medicamentos
modernos”, dijo. Pero agregó que investigacioness
modernas han demostrado que combinando la farmacología con la música,
“se pueden mejorar los trastornos psiquiátricos”.
“Parte
de la estrategia es tomar en cuenta que hay pacientes
que no tienen el talento de otros, pero todos ellos siempre podrán
ser ayudados, aunque no
tengan talento musical”, alegó el psiquiatra, en la sección
comentada del mismo DVD. Sin
dudas, este primer disco, que podríamos denominar clínico, para
diferenciarlo de los puramente musicales, aporta información interesante
para los que quieren ir un poco más allá de su simple disfrute,
conociendo la vida de sus compositores.
El
médico expresa, por otra parte, que no todo compositor tiene que estar
necesariamente desequilibrado, pero dice que ha sido evidente que grandes
figuras como fueron Tchaikovsky, Beethoven y, quizás, Mozart
y Rachmaninoff puderon
tener problemas mentales;
pero dijo que Schumann es el más definitivo entre los seres creativos,
“especialmente por sus constantes depresiones” y porque llevaba un
diario sobre sus emociones. “Me he sentido torturado por la melancolía”,
escribió el compositor en su diario, sin contar sus intenciones suicidas,
y de provenir de una familia donde abundaban las perturbaciones mentales,
desde su madre hasta su hermana, quien se suicidó siendo joven.
Pero
lo más asombroso es que en la época que Schumann
vivió, explicó el psiquiatra, el diagnóstico que hoy se le daría,
ni siquiera era conocido; y solamente lo
consideraba como “uno de esos locos autores románticos”. Otro
elemento sorprendente es que Kogan
calificó “Carnaval” –considerada la primera pieza importante
de Schuman--, como una pieza que demuestra que él no estaba, lo que hoy
conocemos bulgarmente como bien de la cabeza. El DVD en cuestión, de matrícula
KMMVIDEO-Yamaha, es además un obra de arte y de ciencia a la vez, en la
medida que el Dr. Kogan interpreta impresionantemente, una buena
parte del repertorio de Robert Schumann, y analiza cada pieza,
tomando en cuenta la época en que la compuso.
Y,
por supuesto, una parte sus anotaciones más fascinantes
recaen en las relaciones entre el compositor alemán, su esposa
–la gran pianista Clara Schumann—y el también célebre compositor
Johannes Brahms. Finalmente, el Dr. Kogan dice en el DVD, que la música
es lo más apropiado para que las personas creativas que se encuentren en
medio de trastornos mentales, puedan sanarse; y agregó que “eso es
precisamente lo que yo trato de hacer en este trabajo”.
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