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ARTE, MUSICA Y CULTURA

Por Luis Felipe Marsáns
Una pagina gloriosa de nuestra extinta "Florida Philharmonic"
Por Luis Felipe Marsáns
Solamente Verdi pudo haber concebido una ópera como Aída. Solamente Verdi pudo haber compuesto una Misa de Réquiem como la que le dedicó a Manzoni. En ambas obras, diametralmente opuestas en su significación y contenido, la emoción de la victoria y el misterio de la muerte, respectivamente, están representados con todos los elementos del drama, con supremo heroísmo y grandiosidad sonora. La gloria de la victoria y la gloria de la muerte se asoman a la escena, en un caso y en otro, magistralmente dispuestas en la orquesta, y poéticamente expresadas en el canto: en la guerra y el ruego.
El lunes pasado, cuando James Judd empuñó su batuta al frente de la Florida Philharmonic en el Réquiem de Verdi, parecía que el cielo se confundía con lo terrenal, y que la muerte era capaz de traernos emociones grandiosas, al margen de los placeres de la vida. Pero aún más allá de semejante partitura, los textos en latín de la Misa Católica Romana, confiados a los cuatro solistas y el coro, confirmaban que esta obra, de conjunto, fue una de las interpretaciones más sublimes que nos ha ofrecido nuestra orquesta regional y su director, ambos en la cumbre de sus posibilidades.
Escribí hace apenas un mes que El Mesías ejecutado por el conjunto de estos factores, había sido el mejor de toda la historia, y creo que tampoco me equivocaría, si igualmente asegurara que este Réquiem de Verdi ha sobrepasado en intensidad a todos los anteriores. En lo puramente orquestal, me parece que el maestro británico lo logró con un inequívoco balance entre los suaves pasajes melódicos, que hacían traslucir más el llanto interno que la obra refleja por el fallecimiento del escritor y poeta. En los abruptos, llenando hasta lo infinito el mensaje de rechazo a la desaparición de Manzoni --especialmente en el atronador sonido del bombo, en sus tres secuencias--, y en la intervención del coro, concediéndole el mensaje celestial que parece invocar la resurrección, en cada uno de los tiempos de la "misa de difuntos".
Pero la aportación de los solistas fue tan magistral en el canto como humanamente sensible en su entrega al tema. Tras el planteamiento del coro, como en una plegaria (Requiém aeteman dona eis, Domini: et lux perpetua luceat eis), el bajo --Richard Zeller-- ofreció un augúreo de la calidad del cuarteto, que más tarde corroborarían las cuatro voces cantando alternativamente y al unísono Kyrie eleiso, Criste elesiosn, Kyrie eleison, antes de a secuencia (Dies iroi, dies illa), que le sigue en turno, a cargo del coro.
El tenor Nicholas Loren, que estaba programado para esta presentación, no pudo hacerlo, sin embargo, por cuestiones de enfermedad, pero su sustituto, Robert Breaul, lo reemplazó admirablemente, gracias a su evidente facilidad para esta parte, ayudado por un bonito timbre, que hacía recordar a Pavarotti.
Por su parte, la mezzo-soprano, Janice Taylor, cantó con igual dominio sobre la obra, poniéndole a cada línea, emoción y un color que acariciaba al oído, como si estuviera interpretando a Carmen.
Pero la sensación vocal de la velada --sin demeritar a ninguno de los otros solistas-- fue la soprano Frances Ginsber, quien se adentró en la obra con un puro carácter religioso, que se reflejaba en su rostro. Así, dejando traslucir su sensibilidad, ella entonó cada uno de los textos religiosos que correspondían a su tesitura, poniéndole especial dolor y un dramatismo desgarrador --además del dominio técnico de su vocalización de por sí, que era impresionante.
Luego, tras la doble fuga con que termina la Misa en el coro, ella también estuvo presta a ponerle el broche de oro, cuando a la terminación de todo el episodio, expresó en un recitativo profundo y conmovedor: Liberame, Domine, de morte oe terna, in die illa tremenda: O Señor, liberame de la muerte eterna ..."
Desde el punto de vista literario este sería el final perfecto, pero en una obra como ésta no puede uno cruzarse de brazos ante la ejecución de otros instrumentos que hacen de la Misa una obra de tan grandes proporciones, como por ejemplo el diálogo de las cuatro trompetas tocando una especie de diana contra la sección principal de los metales; la aportación de los violonchelos, contrabajos y las secciones de violines, como igualmente lo hicieron perfectamente acoplados los integrantes de la madera; y para llegar a un final, el bombo, como cité anteriormente. Y, por supuesto, el gran talento del director, maestro James Judd, que los acopló a todos, y quien ha hecho del nivel de calidad de la Florida Philharmonic, orquests de carácter regional en el sur de la Florida (con particular énfasis en Miami), una de las más finas del país, pese a su corto tamaño con relación a las de New York , Chicago y Filadelfia.
(James Judd dirigió la “Filarmónica de la Florida” durante más deuna década, y actualmente sigue siendo residente del sur de la Florida. Este artículo crítico que escribí en tiempo, corresponde a un lunes de febrero del año 2001. Irónicamente, la Florida Philharmonic desapareció años después, sin que nadie se dispusiera a sacarla de la bancarrota, a pesar de los millones recolectados para el Performing Arts Center de Miami Dade").
“Balada
para una Virgen”
Por Luis Felipe Marsáns
En
los inicios de la música seria, era muy
común que los compositores le
cantaran a la divinidad; y desde los períodos medioeval y renacentista, el
Canto Gregoriano, tanto como el Ambrosiano, fueron vivos ejemplos de la exaltación
del autor a la imperante tradición
religiosa, como ocurría también en la pintura y la escultura.
Palestrina,
en 1594, escribió una de las primeras misas, para ser cantada
"a capella"; y en la Era Barroca, Herny Purcell, George Frederic
Handel, y Johann Sebastian Bach, llevaron al
máximo su reverencia por la
música eclesiástica, en obras que
abrieron la puerta a las grandes
cantatas religiosas, y que antecedieron al Clasicismo propiamente dicho.
Con
el Romanticismo, sin embargo, la música se movió
fuera de los ámbitos religiosos y cortesanos para abrazarse a una
evocación libre, donde la concepción
artística responde más a lo humano, que a lo divino, con toda la gama de
orquestaciones atrevidas, llenas de colorido.
Y
las canciones --motete y madrigales--, o
lieder;
se convirtieron en el medio que hacían tributo al amor entre los seres
humanos; o a la forma en que el poeta rendía pleitesías
a todo orden de cosas. Pero
tampoco fue así del todo: su valor peculiar para
adorar al Ser Supremo, o a los Santos, ha persistido también.
En
esta evocación, que data de un lunes
de septiembre, en 1998 --en las
postrimerías del Siglo XX--, una “balada
moderna”, que en cerraba la
misma intención que tuvieron aquellas composiciones vocales de la antigüedad,
fue estrenada en la "Ermita de la Caridad del Cobre", por la Diva
cubana Marta Pérez (unos años
antes de su fallecimiento) con el acompañamiento al piano
del maestro Alfredo Munar.
Su
nombre era "La Virgen en la puerta" --en lo que pudiera constituir
la más nueva versión del más antiguo género--, y fue compuesta por
Anan Munar –hija del director de origen cubano-- sobre el poema de la difunda
Josefina Blasco de Oñate, a la que su hija, Josefina Oñate, le atribuyó
milagros, "cuando, estando en vida, la imagen se le presentó ante sí".
Compositora
versátil, que estudió música y dirección orquestal en el Hunter
College, de Nueva York, Anan
Munar sobresalido también en otros
géneros musicales de esa época, como en su obra de teatro musical de Broadway,
llamada Lucy, que se estrenó en el
Teatro "Bellas Artes" de Miami, donde permaneció en cartelera por
mucho tiempo.
Y
cuando existían las temporadas de la "Sinfónica de Miami Beach" --en
el posteriormente llamado Jacquie
Gleason Theater of the Performing Arts--,
Anan dirigió uno de sus conciertos, que incluía una composición propia. Más
popular aún, aunque no muchos saben, Anan Munar es autora de "Lo
tuyo es mental" --uno de los éxitos de Celia Cruz--, que sirvió
para que la llamada "guarachera de Cuba" lo cantará poco antes de
morirse, en uno de los primeros "Conciertos
Latin Pops" de la desaparecida "Florida Philharmonic", con arreglo sinfónico de
Alfredo Munar.
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